URGE FORMAR A UNA CIUDADANÍA ENTUSIASMADA POR LA VIDA
MARTA ZEIN
Alemania - España
Los jóvenes están tan cerca del origen de sus propias vidas, su experiencia del fenómeno de formar parte de la red de la vida es tan inmediata, están aún tan “dentro” del primer fulgor, que todo lo que no es su propia pulsión les parece un “afuera” que no les concierne. Los retos sociales, políticos y ambientales forman parte de ese afuera abrumador del que no se sienten responsables, una pesada herencia que llega a minar sus esenciales vínculos con la vida.
El sistema educativo debería ayudarles a reconocerse a sí mismos como el resultado de una red de seres vivientes, a entender que todo individuo es un particular horizonte común creado por miles de microorganismos, que en cada “yo” hay un “nosotros”, una maravillosa suma de vínculos creados gracias a ese impulso esencial que están perdiendo. Sin él, no es posible el encuentro con lo otro, con todo lo que no es “yo”, con lo común, con el conjunto de procesos, estructuras y dinámicas a través de los cuales una sociedad toma decisiones colectivas, gestiona sus recursos y resuelve sus conflictos. En definitiva, con eso que llamamos política y que no es más que ese ”afuera” en el que se negocian intereses, valores y visiones de mundo para organizar la vida en común y que las nuevas generaciones perciben como un horizonte triste.
Sin embargo, la realidad educativa es otra. El único objetivo de las escuelas, institutos y universidades parece ser la formación de individuos que deben competir, seguir órdenes y ser evaluados según estándares predefinidos. La desconexión de jóvenes y adolescentes es el reflejo de un sistema educativo que, por lo general, no promueve la participación activa en la toma de decisiones ni prepara a los estudiantes para entender su lugar en la construcción de un futuro común.
Rara vez se invita a los estudiantes a cuestionar el sistema, a proponer soluciones a los problemas sociales o a imaginar nuevas formas de convivencia. En lugar de formar una ciudadanía comprometida con el futuro de su comunidad y del planeta, el sistema educativo sigue fomentando una mentalidad individualista y competitiva, donde el éxito personal se ve como la única medida de valor. No extraña que en este contexto, la política se presente como algo lejano y ajeno, dominada por intereses individuales y partidistas que carecen de un propósito común y genuino.
Educación para una Política Amorosa
Para evitar que la juventud abandone el compromiso cívico, es necesario que el sistema educativo les reconecte con el entusiasmo, el èlan vital, esa fuerza que impulsa la vida hacia la creación constante. Esto facilitaría la formación de una juventud consciente de su capacidad de acción colectiva, dispuesta a participar activamente en la búsqueda y la gestión del bien común que define a “lo político” y a reconocerse como depositaria de un poder que puede distribuir derechos y obligaciones y transformar la vida compartida más allá de instituciones y partidos. La afirmación feminista de “Lo personal es político” adquiriría una nueva y revolucionaria fuerza.
A partir de ahí, el sistema educativo debería orientarse hacia la creación de espacios colaborativos donde se valore la co-creación y el bien común y donde los jóvenes no solo sean informados, sino también involucrados en la gestión de lo común, sentido como un acto de amor y creatividad colectiva. Frente a la idea de que la política es una lucha de intereses, debería de ofrecerles un modelo que les invite a ver la acción política como un acto de creación y de cuidado mutuo. Este tipo de educación fortalecería la participación política al tiempo que generaría una conciencia profunda de que el futuro del planeta y las generaciones venideras depende de un compromiso colectivo y un amor hacia el bien común.
Necesitamos un sistema educativo que fomente el trabajo en equipo y la cooperación desde las primeras etapas educativas. Capaz de crear espacios de participación democrática dentro de las escuelas. Dispuesto a promover la capacidad de los estudiantes para pensar de manera crítica sobre el mundo que les rodea y para proponer soluciones colectivas a los problemas sociales y políticos. Un sistema educativo que desarrolle las habilidades del alumnado para gestionar lo común.
Existen iniciativas educativas que promueven estos valores, incluyen desde modelos de educación democrática, como las escuelas Walden o Montessori, hasta proyectos de educación que incorporan la sostenibilidad y el compromiso social. Estas iniciativas, al igual que las comunidades espirituales en las que se practica el amor universal y la compasión, enseñan que el bienestar individual está indisolublemente relacionado con el bienestar colectivo.
Hacía una nueva ciudadanía, solidaria, comprometida, transformadora… y afectiva
Si educamos a la juventud en la comprensión de estos principios, se podrá crear una ciudadanía solidaria, que no sólo reaccionaría ante los problemas del presente, sino que se percibiría como parte activa y creativa en la construcción de un futuro mejor a través de acciones conscientes y colectivas.
De este modo estaríamos facilitando la existencia de una ciudadanía comprometida, capaz de entender que la política y la acción social deben incluir a todas las formas de vida y a las generaciones futuras. Una ciudadanía transformadora que buscaría activamente cambiar las estructuras políticas, económicas y sociales que perpetúan la desigualdad, la injusticia y la explotación.
Asistiríamos a la aparición de una ciudadanía afectiva dispuesta a vivir el amor como fuerza política y cósmica, de entender el amor como un compromiso ético hacia el otro y hacia el mundo. Una ciudadanía implicada en una acción política que incluye la creación de espacios de cuidado emocional y apoyo mutuo, donde las relaciones humanas se basarían en principios de compasión, empatía y tolerancia.