LA SOCIEDAD NARCÓTICA

ÁLVARO RAMIS
Rector UAHC, Santiago de Chile

¿Por qué los Estados, policías, medios de comunicación, incluso organizaciones sociales y culturales temen a ser penetradas por el narcotráfico? Es un proceso que refleja las contradicciones de una sociedad donde el individualismo se siente sin contrapesos. Los narcóticos se suelen considerar perversos, como si su composición química tuviera la culpa de la conducta humana. Con su demonización evadimos la responsabilidad que nos cabe asumir a las personas. Porque los químicos no explican lo que hagamos con ellos, ni sus efectos nos liberan de los cuidados que los seres humanos debemos asumir en nuestra relación con ellos.

Tanto "narcótico" como "estupefaciente" se refieren a sustancias psicoactivas que actúan en el sistema nervioso central y producen alteraciones en la conciencia y la percepción. La palabra "narcótico" tiene su raíz en el griego, desde término ναρκον (narkoûn), que significa "entumecer" o "adormecer". Su significado se centra en la idea de sustancias que causan un estado de somnolencia o adormecimiento. Un narcótico se define por sus efectos de sopor, relajación muscular y embotamiento de la sensibilidad. Mientras que "estupefaciente" tiene un origen en el latín y se refiere más a la capacidad de producir estupor o aturdimiento. En latín stupefacere significa "hacer que alguien quede aturdido" o "producir estupor". 

En cuanto a sus efectos orgánicos, las sustancias psicoactivas se dividen en estimulantes, depresoras y alucinógenas. Las primeras aumentan la actividad del sistema nervioso central, produciendo euforia, excitación y energía. Éstas van desde el café y la nicotina del cigarrillo hasta la cocaína, éxtasis y anfetaminas. En cambio, las depresoras disminuyen la actividad del sistema nervioso, produciendo relajación y somnolencia. Van desde el alcohol y fármacos como las benzodiacepinas, sedantes, hipnóticos y anestésicos hasta los opioides como la heroína y la morfina y los sintéticos, como el fentanilo. Y en cuanto a los alucinógenos, se caracterizan por alterar la percepción sensorial, produciendo alucinaciones visuales, auditivas y táctiles y van desde la marihuana hasta la ayahuasca, el peyote, el LSD y hongos alucinógenos como la psilocibina. 

Las sustancias psicoactivas son muchas, diversas en sus funciones y utilidades. El vino de la eucaristía, el café que se comparte en la mañana, la morfina que se entrega al moribundo o el anestésico que sirve al cirujano para salvar una vida en el quirófano comparten un carácter narcótico, que no sólo es necesario, sino benéfico o curativo. La perversión no está en las sustancias psicoactivas, sino en sus usos y abusos. Sus características narcóticas siempre demandarán regulaciones, prescripciones y controles. El problema sigue siendo que la libertad no es simplemente la ausencia de restricciones externas, sino una facultad esencial del ser humano de actuar de acuerdo con una voluntad realmente autónoma. Si la sociedad se ha narcotizado no es por una perversión intrínseca de las sustancias psicoactivas. Sino por una pobre idea de libertad “libertaria” que nos corroe. 

Ser libre es un fruto de la propia autorregulación, y de actuar de acuerdo con principios que se puedan reconocer como válidos universalmente. Pero se ha impuesto la falsa libertad de hacer lo que uno quiere, sin que nadie lo impida. Pero una sustancia psicoactiva, cualquiera que sea, no puede circular sin que dispongamos de criterios claros de uso, restricción, prioridad, adecuación o prohibición según su naturaleza específica. Porque ser libre no es ausencia de coerción legítima. La libertad “libertaria”, que no acepta responsabilidades compartidas, ni normas sociales ni restricciones comunitarias es el verdadero fermento de la sociedad narcótica. Es efecto de haber perdido la idea de la libertad como responsabilidad compartida y autodeterminación democrática. La narcocultura es la aceptación de la determinación del destino, del poder dominante del Capital, del que tiene la fuerza de las armas y la violencia arbitraria. Porque si todo está predeterminado ¿podemos realmente ser considerados responsables de nuestras acciones?

¿Qué criterios utiliza el Estado capitalista para criminalizar las drogas? ¿Y qué criterios regulatorios debería aplicar una sociedad consciente y organizada?

El Estado capitalista a menudo criminaliza las drogas, utilizándolas como chivos expiatorios para problemas sociales como la pobreza, el desempleo y la desigualdad. Esta criminalización permite controlar y castigar a poblaciones marginadas. Además, la "guerra contra las drogas" ha generado un complejo industrial penitenciario que se beneficia del encarcelamiento de consumidores, permitiendo al Estado confiscar activos y obtener ingresos mediante multas.

Todo esto se justifica bajo una ideología moral que demoniza a los consumidores, mientras los grandes traficantes permanecen impunes. Es una muestra de la hipocresía que existe en el sistema de la guerra contra las drogas, en donde se ataca a la parte más vulnerable de la cadena, mientras los grandes capitales que se generan por el narcotráfico, permanecen intocables.

Una sociedad consciente y organizada debería priorizar la salud pública, los derechos humanos y la justicia social. La regulación de la producción y venta de drogas permitiría el control de calidad, la tributación y la prevención de la venta a menores. Pero debe ir acompañado de programas de reducción de daños que minimicen los riesgos asociados al consumo. El acceso a tratamientos voluntarios y asequibles para la adicción son esenciales, ya que priorizan la salud pública y la justicia social.