HOSPITALIDAD SIEMPRE

ESTEBAN TABARES CARRASCO
España

La presencia de personas migrantes origina nuevas necesidades de todo tipo y reclama su participación en igualdad en la vida en común, hasta que sean consideradas ciudadanas con plenos derechos en todos los ámbitos. Sin embargo, las minorías étnicas o culturales generalmente son consideradas en todas partes como población de segunda categoría. Ante la inmigración, todas las sociedades de llegada han de decidir entre: ¿Hostilidad? ¿Hospitalidad?... 

“La hospitalidad no se agota en la primera acogida, a corto plazo, o en la ayuda de emergencia, sino que requiere procesos que acompañen hacia la autonomía y la inclusión plenas. Y esto supone tiempo. Sostener la hospitalidad permite ir más allá del gesto de abrir la puerta y exige dar tiempo para que las personas adquieran poco a poco aquellos instrumentos que les permitan ser dueñas de la propia vida y decidir sobre su futuro” (Cuaderno Cristianismo y Justicia, nº 227).

La dura y terca realidad política, económica y social nos muestra que a las personas migrantes “las necesitamos, pero no las queremos ni las deseamos cerca”. Las actitudes racistas se extienden y los prejuicios xenófobos corren por las redes sociales, las pantallas de televisión, los argumentarios de tertulias de políticos o de creadores de opinión masiva. Olvidan unos y otros que profundizar en democracia es reconocer y aceptar la convivencia plural y compartir un mismo territorio de vida. Es aprender a vivir la libertad al servicio de la inclusión social y vivir la igualdad al servicio de la diversidad. Si no avanzamos en esa doble dirección podría suceder (¿o ya sucede realmente?) lo que presagiaba el escritor Rafael Sánchez Ferlosio en este duro poema:

        Vendrán más años malos / y nos harán más ciegos;

        vendrán más años ciegos / y nos harán más malos

        Vendrán más años tristes / y nos harán más fríos;

        y nos harán más secos / y nos harán más torvos.

En inmigración no se trata solamente de hacer políticas de admisión más flexibles, o de ampliar las ayudas sociales para quienes llegan como nuevos habitantes. Además de eso y mucho más, es necesario ir hacia un cambio radical en el concepto de Estado. ¿Cómo configurar jurídicamente un Estado actualmente con una diferente realidad sociológica en su población, que ahora es más pluriétnica y pluricultural? ¿Quiénes han de ser hoy día los miembros de pleno derecho de un Estado? ¿Puede haber verdadera integración sin una previa y real igualdad jurídica?... 

Las llamadas políticas de integración deben tener como meta “la igualdad en los derechos”, tanto los derechos civiles, como los sociales, económicos, culturales y políticos. En este sentido no olvidemos que “La cuestión que nos plantea la inmigración no es cómo insertar en nuestro “orden de cosas” (la lógica del Mercado) a quienes vienen a nosotros, lo que siempre se concreta en qué cambios deben realizar ellos. Sino también y sobre todo, que las migraciones nos hacen comprender que es precisamente ese “orden de cosas” el que tiene que cambiar” (Javier de Lucas). Convivir en igualdad con nuestros nuevos vecinos venidos de lejanos lugares, también nos ayudará a recuperar las mejores dimensiones de nuestra identidad como humanos con humanidad. 

La Hospitalidad, un principio ético básico

“¿Cuándo puede saberse que la noche termina y el día empieza?”, preguntaron al maestro sus discípulos. Y este les respondió: “Cuando mirando al rostro de un hombre cualquiera, te das cuenta de que es tu hermano: Pues si no somos capaces de hacer esto a cualquier hora del día, es siempre de noche” (Midrash, tradición judía).

Ante la inmigración como hecho global y mundial la virtud de la hospitalidad está hoy muy cuestionada. Hasta la misma palabra “hospitalidad” ya plantea una dificultad, pues etimológicamente viene del latín “hospes” (= huésped) que tiene la misma raíz que “hostis” (= enemigo). ¿Es que un huésped puede representar una amenaza real hasta convertirse en enemigo? ¿Qué peligros hay en la hospitalidad?. “La civilización habrá dado un paso decisivo -puede decirse que “su” paso decisivo- el día en que el extranjero pase de ser enemigo a ser huésped, es decir, el día en que la comunidad humana haya sido creada” (Jean Daniélou). 

Con recelo y alarma se mira la llegada de migrantes y refugiados como una invasión de “ilegales” amenazando nuestro bienestar y cohesión social. Es un tema recurrente en los medios de comunicación y en el discurso de dirigentes políticos que busquen fácil aplauso social y votos. Sin embargo, la realidad es que “Los inmigrantes no son un peligro, sino que están en peligro” (Santine Mantugulu).

En todos los pueblos antiguos, en especial entre nómadas y gentes del desierto, y en todas las religiones, la hospitalidad siempre fue una virtud central y una práctica común. Cuando decimos a quien llega: “quédate con nosotros” y compartimos mesa y techo, estamos abriendo el camino para el reconocimiento de la “alteridad”. Si así lo queremos, la convivencia con las personas migrantes puede ser “Una verdadera escuela de la alteridad” (Mantugulu). Puede ser también una experiencia de entendimiento recíproco, más allá de las diferencias mutuas, si abrimos la puerta y superamos los miedos y recelos ante “quienes son de otra manera”.

 Ahora la hospitalidad -si es que alguna vez la hubo- saltó en pedazos pues sólo hay espacio para la competitividad. Quien no pueda “pagar”, no se puede “alojar” en el mundo globalizado. Sin embargo, la mundialización podría y debería ser otra cosa: el principio de una hospitalidad capaz de reinventar nuevas formas sociales y económicas favorecedoras de la felicidad humana, mediante un reparto equitativo de los bienes y un acercamiento entre los humanos, ahora como ciudadanos del mundo. Así pues, “¿Qué nos queda? ¿Qué queda cuando no queda nada? Esto: que seamos humanos entre humanos; que permanezca entre nosotros lo que nos hace humanos” (Maurice Ballet).