EL AGUA ES UN DERECHO Y UN BIEN COMÚN INAPROPIABLE
JOSÉ FRÍAS
Comité Oscar Romero-Sicsal, Chile
Hermana agua, cántaro sagrado que nutre y anima toda la biodiversidad
La educación política requiere de diagnóstico riguroso y veraz de las problemáticas a las que nos vemos enfrentados y de propuestas de solución miradas desde los intereses y necesidades de las mayorías empobrecidas. Así mismo de propuestas de solución para tan graves situaciones. En este marco se sitúa el resumen de trabajos de Cabildos populares realizados por el Movimiento por el Agua y los Territorios MAT en Chile.
- Reconocer el agua como un derecho humano, y un bien común insustituible, asociado al derecho a la vida y un medioambiente libre de contaminación. Lo cual en tanto que derechos colectivos de los pueblos, lo que incluye derechos culturales y territoriales, exige asumir que el agua no es un recurso natural ni una materia prima sino un bien común comunitario. Solo en el 2010 se consagró el derecho al agua y al saneamiento como un derecho humano por parte de la Asamblea General de las Naciones Unidas, a través de su Resolución 64/2922.
- El agua y la naturaleza, deben ser reconocidas como sujetas de derechos Ante una crisis social, ecológica y sanitaria generalizada, sobre la base de la explotación, degradación y contaminación de la naturaleza, y en el marco de políticas neoliberales y extractivistas surge el concepto de los Derechos de la Naturaleza, remitiendo a las experiencias de nuevo constitucionalismo en Ecuador, Bolivia y a la Carta de los Derechos de la Madre Tierra. El ideario de derechos de la Naturaleza se basa en la reivindicación de las memorias ancestrales y las formas de vinculación con la Naturaleza de los pueblos originarios, desde los cuales se sostiene que no existe división entre lo humano y lo natural. Las personas somos cuerpos de agua al igual que los ríos, los mares y los glaciares, somos Naturaleza. Lo que implica el necesario tránsito de una mirada antropocéntrica (donde el humano está al centro) a una biocéntrica (donde la naturaleza está al centro).
- Proteger todos los cuerpos de agua de los ecosistemas: ríos, lagos, lagunas, glaciares, turberas, bofedales, humedales, mares, aguas subterráneas y salares lo que requiere asumir que las características geográficas de cada territorio posibilita la existencia de múltiples ecosistemas tanto terrestres como marinos. Los que cada vez más, se encuentran en un estado de alta vulnerabilidad, debido a las profundas transformaciones geográficas originadas en el marco de la intervención extractivista y de obras hidráulicas que merman el flujo de los ríos, lo que genera ecosistemas marinos empobrecidos de nutrientes.
- Garantizar la restauración de los ecosistemas como forma de defensa de las aguas y la biodiversidad, mediante un cambio de la matriz energética, productiva y de consumo. A lo largo de la historia de lo que hoy conocemos como América, (Mesoamérica y América del Sur) han existido distintas fases extractivistas, en ámbitos como: minería, monocultivo forestal, agroindustria y salmonicultura.
- Que el uso y gestión de las aguas sea comunitaria, territorial y sustentable, por cuencas y sub–cuencas hidrográficas. En el mundo existen diversas formas de gestionar las aguas, pues desde siempre su distribución ha sido un aspecto fundamental en la construcción de la sociedad, pero también de control. A partir del surgimiento de los Estados–Nación, el ordenamiento territorial se basó en criterios administrativos, estratégicos y políticos (como las regiones o comunas) que no siempre son acordes a la geografía de los distintos territorios, ni con un ordenamiento en base a las cuencas hidrográficas (cuencas de los ríos).
- Dicha gestión comunitaria del agua debe ser plurinacional, basada en la articulación entre pueblos, comunidades y territorios mediante un proceso multidimensional a cargo de personas que conforman las comunidades, tomando en cuenta a las otras especies que también son parte del mismo contexto. pero también de acuerdo a sus trayectorias, historias y culturas que las atraviesan. El construir relaciones desde la interculturalidad, implica el reconocimiento que se tiene de los modos de pensar y hacer de los distintos pueblos, en relación a sí mismos y en relación a cómo se vinculan con las aguas.
- Que las prioridades de uso sean para el equilibrio de los ecosistemas y el consumo humano. Hoy en día no existe una priorización del uso de las aguas, lo que va de la mano de su privatización, por lo que está principalmente concentrado en un uso económico, industrial o agroindustrial enfocado en producir ganancias para sus dueños (agroindustria, minería, forestales, pisciculturas, etc.). En el uso para consumo humano del agua, debemos auto educarnos para que este sea cada vez más consciente y respetuoso, sustentable en el tiempo y que garantice su calidad y cantidad. Existen bastantes propuestas en este sentido: riego por goteo, agricultura orgánica, baños secos, reciclaje de aguas grises, recolección de aguas lluvias, entre otros.
- Garantizar su uso ancestral por parte de los pueblos que habitan el país, considerando la importancia de la dimensión espiritual. Nuestros territorios son diversos, coexistiendo en ellos numerosos pueblos e identidades: urbanas, rurales, pueblos originarios, campesinas, racializadas, migrantes, entre otras.
- Es de suma importancia que la gestión comunitaria del agua se base en el fomento de la agroecología y las economías territoriales, que permitan garantizar la soberanía alimentaria y territorial, y con esto la autodeterminación de los pueblos
La gestión comunitaria del agua debe facilitar la reproducción de la vida, no solo en el acceso de agua potable para consumo humano, sino que también para la producción de alimentos en el marco de una economía territorial de base, horizontal y democrática.
En resumen, es de suma urgencia asumir que la hermana agua que diría el ecologista Francisco de Asís, está en grave peligro, necesario es por tanto el compromiso de todas y todos en defenderla, ya que en esta urgente causa se nos va la vida de la biodiversidad toda, de la cual a menudo se nos olvida que somos parte y además responsables de su destrucción.