BASES NATURALES: ¿PARA QUÉ Y PARA QUIÉN?

ALEXANDRA BORBA DA SILVA Y DIEGO ORTIZ
Movimiento de Afectados por Represas, Brasil

El período reciente, y más específicamente en estos últimos años, se han roto los récords de temperatura media más alta registrada en la historia. La temperatura media ya ha superado los 1,5ºC de calentamiento, en relación con el período preindustrial (mediados del siglo XIX, cuando el capitalismo se vuelve hegemónico en el mundo). Se trata de una alerta extrema, pues hemos sobrepasado el límite de calentamiento considerado mínimamente seguro para la vida en el planeta, según la definición de la mayoría de las naciones del mundo en el Acuerdo de París (2015). Las evidencias de esta situación de crisis climática se verifican en el aumento de los eventos extremos, como sequías inéditas, inundaciones, olas de calor y ciclones. En este contexto, el modo de producción capitalista profundiza aún más la explotación sobre la naturaleza, en la búsqueda de acumulación de capital. La extracción y el consumo de energías fósiles (petróleo, carbón y gas natural) han aumentado, junto con la explotación desenfrenada de minerales, agua, biodiversidad, tierras y bosques, además del aumento de las quemas, deforestación, etc. Al mismo tiempo, los espacios multilaterales internacionales de discusión sobre la naturaleza y el clima han perdido efectividad.

Estados Unidos, el país responsable de la mayor emisión acumulada de gases de efecto invernadero, ha adoptado medidas contrarias a la responsabilidad climática, principalmente a partir del nuevo gobierno de Trump: retiró a Estados Unidos del Acuerdo de París y anunció una "emergencia energética", con la prioridad de aumentar la producción de petróleo y gas, revocar incentivos a las energías renovables, entre otras medidas.

Cuanto más se profundiza la crisis y más se calienta el planeta, se hace cada vez más evidente que no se puede discutir una salida para la crisis climática sin cuestionar el modo de producción vigente, el capitalismo. La dinámica del propio sistema prevé una explotación cada vez mayor de la fuerza de trabajo y de la naturaleza para una generación de lucro siempre creciente. 

Para ello, el capital exige avanzar cada vez más sobre la naturaleza y consumir cada vez más energía. El resultado es una gran concentración de riqueza y la utilización de las bases naturales de forma muy superior a la capacidad de renovación de la naturaleza. Es un modelo completamente insostenible desde el punto de vista social y ambiental, ya que no se basa en las necesidades de todos.

En este modelo, el cambio climático se revela en toda su injusticia, pues quienes más sufren los impactos son los menos responsables de haberlo causado. Un estudio de Oxfam International reveló que el 1% más rico de la población mundial agotó su "cuota de carbono" para todo el año 2025 en apenas 10 días. Esto significa una cantidad de emisión dos veces mayor que la mitad de la población más pobre. La misma Oxfam, en otro estudio, revela que la concentración de riqueza y la desigualdad se están acelerando. En 2024, en plena ebullición global, el número de multimillonarios subió a 2.769, contra 2.565 en 2023. La riqueza de los diez hombres más ricos del mundo creció en promedio casi US$100 millones por día. La proyección es que, dentro de una década, habrá al menos cinco trillonarios - personas acumulando una cantidad de riqueza inédita en la historia de la humanidad. Mientras tanto, más de 700 millones de personas (más que tres veces la población de Brasil) pasan hambre en el mundo, según la ONU. Si entre los multimillonarios la gran mayoría está formada por hombres blancos del Norte Global, en la base de la pirámide predominan las mujeres, personas negras y de países periféricos. Y esas personas son quienes más sufren los efectos de la crisis climática.

En este contexto, Brasil y América Latina son extremadamente vulnerables por tener economías dependientes de la extracción de las bases naturales. En el caso brasileño, esto se revela también en el perfil de las emisiones de gases de efecto invernadero. Brasil es uno de los grandes emisores, pero, a diferencia de los demás países, cuyas emisiones se deben principalmente a la quema de combustibles fósiles, en Brasil, más del 75% de las emisiones provienen de la deforestación y la agropecuaria. Además, el país es rico en minerales críticos como litio, niobio, tierras raras, materias primas necesarias para la transición energética en curso, para una economía de bajo carbono, apuntando al aumento de las disputas en los territorios. Cada vez más nuestros países se convierten en exportadores de materia prima y productos primarios, con impactos sensibles en la vida de la población.

En Brasil, los impactos de la crisis climática son devastadores. En 2024, tuvimos una muestra de lo que es vivir en este nuevo clima: las inundaciones históricas en Rio Grande do Sul, la sequía nunca vista en la Amazonía, los incendios incontrolables que destruyeron un área mayor que Italia en territorio brasileño y el aire completamente contaminado en las ciudades. Esta realidad catastrófica trae inmensos desafíos para las poblaciones afectadas por represas y demás grandes proyectos en Brasil. Además, las soluciones propuestas de transición energética, de bajo carbono - plantas eólicas, solares, hidroeléctricas, de hidrógeno verde -, también ya tienen como resultado la producción de nuevas poblaciones afectadas.

Este contexto demuestra que el actual modelo de desarrollo no es capaz de proponer soluciones efectivas para la degradación de la naturaleza y para la crisis climática. Por otro lado, se sabe que América Latina es capaz de construir alternativas duraderas, de forma justa y sostenible para sus pueblos y territorios. Tenemos bases naturales con diversidad, tenemos pueblos con capacidad y diversidad, y relaciones que pueden establecerse de forma soberana con todo el mundo. De ahí la importancia de proponer modelos justos y construir de forma conjunta un proyecto de soberanía para cada país y para el continente.