EL ANTÍDOTO CONTRA LA INTERNACIONAL DEL ODIO
ALBA SIDERA
Cataluña, España
Los últimos años hemos asistido a un ascenso alrededor del mundo de políticos y partidos de extrema derecha. Sus discursos han salido de la marginalidad y ahora ya ocupan la centralidad del debate público de las ideas; sus líderes se han hecho populares y han obtenido el poder o condiciona gobiernos de norte a sur. Donald Trump y Elon Musk en EEUU, Giorgia Meloni y Matteo Salvini en Italia, Javier Milei en Argentina o Alice Weidel en Alemania no son fenómenos aislados, sino que están interconectados. Forman una internacional del odio que rema para que el mundo sea un lugar más hostil para las clases populares. Quieren un mundo donde la gente tenga miedo de sus vecinos, donde reine la desconfianza, la mezquindad, la crueldad y la ley del más fuerte. Este es el camino hacia el autoritarismo reaccionario: la extrema derecha fomenta el miedo al otro, al diferente, para presentarse como la única solución contra el problema que ellos mismos han creado o agigantado.
En un hotel de Potsdam, en Alemania, no muy lejos de Berlín, a finales de 2023 hubo una reunión entre los principales ideólogos neonazis, encabezados por Martin Sellner, influyentes empresarios del país y dirigentes del partido de extrema derecha Alternativa por Alemania (AfD). Gracias a una investigación del portal periodístico Connectiv hemos podido oír cómo los líderes neonazis instruían a los políticos de AfD y planificaban expulsiones masivas de millones de alemanes según su origen étnico. Lo llaman “reemigración”, es decir, llevar a cabo deportaciones forzadas y masivas de cualquier ciudadano con origen extranjero con tal de “purificar la raza”. Un concepto inspirado en el nazismo histórico, que la extrema derecha intenta que se ponga de moda este 2025.
Algunos empresarios presentes en la reunión, hijos de las familias más poderosas de la zona, se quejaban que los derechos humanos serían un obstáculo para llevar a cabo el proyecto de “reemigración”. Los políticos de AfD los tranquilizaban: ya se ocuparían ellos de modificar las leyes y hacer que el resto de partidos les comprasen sus posiciones. Sellner les explicó que tenían estudiado que hacían falta como mucho diez años más de “batalla cultural”, es decir, de derechizar el clima de opinión y demonizar la inmigración para que las ideas inspiradas en el nazismo llegaran a ser socialmente aceptables. Y para eso, concluyó, es imprescindible dedicar mucho dinero a continuar promocionando sus ideas en los medios y las redes. Atizar el odio para, poco a poco, hacer tolerable lo que ahora nos resulta inaceptable. Tal como podemos ver en EEUU con Trump y su deshumanización de los inmigrantes, criminalizados y deportados sin ningún respeto por los derechos humanos.
El verano antes que Trump fuera elegido de nuevo presidente EEUU, el hombre más rico del mundo entró en escena por la puerta grande. Musk se dedicó a hacer una gran campaña en la red social de su propiedad, X, para avivar el racismo y la xenofobia promocionando noticias falsas que criminalizan a la inmigración, y dio apoyo explícito no sólo a Trump sino a AfD, Meloni, Salvini, Milei y toda la internacional reaccionaria. Mientras compartía mentiras señalando a los inmigrantes como animales violentos y peligrosos que deberían ser expulsados en masa, Musk aseguraba que “es inevitable que haya una guerra civil en Europa”.
El efecto de esa campaña de criminalización contra la inmigración fue estrepitoso; en España, por ejemplo, según el CIS en septiembre de 2024 la inmigración pasó, de golpe, a ser el primer problema para los ciudadanos; por encima del desempleo, la crisis de la vivienda o las guerras. Tres meses antes, la inmigración ocupaba la novena posición. En el Reino Unido, Musk intentó atizar una revuelta popular contra los inmigrantes a partir de una noticia manipulada de un asesinato de criaturas, y se vivieron semanas de pánico en que muchas personas de origen extranjero optaron por no salir de casa por miedo a sufrir agresiones.
La segunda era Trump ha supuesto un empuje para todas las extremas derechas del mundo, que hacen equilibrios entre defender los intereses de sus respectivos países y reírle las gracias al magnate para no ser excluidos de la internacional reaccionaria. Lo que pasa en EEUU marca el destino de millones de personas. Trump y Musk no esconden la voluntad de legislar para hacer más ricos a los ricos y dejar a las clases trabajadoras más desamparadas. Recortar servicios públicos y desregular todavía más el mercado. Lo mismo que hace en Argentina Milei, ferviente admirador de Trump, que acabó 2024 en la fiesta anual del partido de la italiana Meloni, como invitado de honor. La premier italiana, jocosa, el mismo día que se sabía que el gobierno argentino dejaba sin medicamentos a gran parte de los jubilados del país, muchos de ellos obligados a volver a trabajar con ochenta años para sobrevivir, aseguró que Milei es un referente y le regaló la ciudadanía italiana.
Si nada cambia, el mundo se dirige a un empeoramiento de los desequilibrios sociales y económicos mientras se recortan derechos que han costado décadas de luchas, como la sanidad y la educación públicas, la libre circulación, la libertad de expresión… Es lo que pasa cuando la extrema derecha, siempre al lado de los más fuertes, llega al poder: que el conjunto de la sociedad pasa a ser menos libre y más pobre. Y es que, como nos recuerda la filósofa brasileña Marcia Tiburi -exiliada en París por las amenazas recibidas del entorno de Jair Bolsonaro-, “el fascismo es el odio a los pobres”.
En un momento en que los grandes consensos de la humanidad, como los derechos humanos, están en cuestión, cabe recordar que la historia nos ha enseñado que la democracia no desaparece de un día para otro, sino poco a poco, y gracias a los que miran a otra banda. Liliana Segre, superviviente italiana del Holocausto, deportada a Auschwitz por ser judía, siempre explica que su peor recuerdo de todo lo que sufrió es la indiferencia que vivió a su alrededor mientra se gestaba el horror. Ya que la indiferencia es la condición necesaria para el fascismo, deberíamos hacer que la empatía hacia el prójimo sea su antídoto.