LA PROFECÍA ESPIRITUAL DE LA POLÍTICA

MARCELO BARROS Y REINALDO DE MIRANDA
Brasil

Hasta el día de hoy, hay personas que oponen espiritualidad y política. Tenemos que darnos cuenta de que la espiritualidad no es sólo devoción o pertenencia a una comunidad religiosa. Significa, sobre todo, dejarse llevar por el Espíritu, en busca de la comunión con los demás y con la naturaleza. El camino espiritual puede estar vinculado a alguna tradición espiritual, o ser independiente y sin pertenencia institucional. Hay personas que entran y militan en política por vocación social y activismo partidista. Pero también hay muchas otras que se incorporan a la lucha política porque se sienten llamadas por el Espíritu a construir la justicia y el derecho en la vida ordinaria.  

Maestros como Helder Cámara y Oscar Romero propusieron una distinción entre la Política con mayúscula, que llamaron «gran Política», y la pequeña política, con minúscula, que tantas veces se convierte en politiquería. En la sociedad en la que vivimos, lo que hacen los actores políticos institucionales y lo que difunden los medios de comunicación casi siempre se caracteriza más por los juegos de influencias y las luchas de poder personales. Cuando la política se reduce a esto, no tiene nada de espiritual. Gracias a Dios hay personas en todos los ámbitos de la acción política que tienen vocación de servir al bien común, y nos ayudan a creer en la política como vocación humana, social y espiritual. En todo caso, se hace cada vez más necesario, como lo propuso la pastoral social de la CNBB, «reencantar la política», es decir, recuperar la dignidad de la acción política, orientada al bien común y a la organización del mundo, desde la justicia, la paz y el cuidado de la Madre Tierra y la naturaleza

Aunque en nuestro país y en todo el continente podemos contar con algunos líderes honestos y serios que practican esta Política vivida con dignidad, el proceso político liberador depende sin duda más de acciones concretas en la vida comunitaria. Existe la política parlamentaria y representativa, que es necesaria y fundamental, pero también existe la política como acción social de base, que consiste en organizar y sincronizar las luchas comunitarias en los barrios y en el campo. Desde hace décadas, la Teología de la Liberación nos enseña: «Todo es político, aunque la política no lo sea todo». 

Los pueblos originarios, organizados en movimientos indígenas, movimientos populares en el campo y la ciudad, así como la pastoral social de las diversas Iglesias cristianas y otros grupos espirituales, garantizan las bases de esta Política fundamental, que consiste en luchar por los derechos de las comunidades barriales y atender las necesidades de las personas y grupos más necesitados. 

Por lo general, las tradiciones religiosas educan a las personas para relacionarse en paz y unidad. A menudo, en cambio, el ejercicio de la política es de confrontación. Requiere un debate abierto y reconocer la lucha de clases que, independientemente de nuestros deseos, existe y no puede negarse en una sociedad marcada por tantas desigualdades e injusticias sociales. Sin embargo, incluso en esta lucha política existen criterios éticos y espirituales. 

En la India, en la primera parte del siglo XX, Mahatma Gandhi (1869-1948) lideró la lucha por la liberación política de ese país, a través de lo que él llamó Sathiagraha, la fuerza de la verdad, y Ahimsa, la no violencia activa. En Sudáfrica, en los años setenta y ochenta, el obispo Desmond Tutu y Nelson Mandela dirigieron la lucha contra el apartheid desde la misma ética y lucha no violenta. Fue la misma mística utilizada en los años 60 por el pastor Martin Luther King en los Estados Unidos en la lucha por los derechos civiles de la población negra.  

En Brasil, esa Política, animada por la Espiritualidad, ha llevado a las comunidades eclesiales de base y a los movimientos populares a participar en la Política, tanto en las luchas sociales como en las parlamentarias, de forma multipartidaria. Esta Política de base no se limita a un único partido, pero no es un movimiento a-partidista o neutral, sino que está vinculada a los partidos más comprometidos con las causas del pueblo oprimido.   

En esta época de cambios, hay algo nuevo en el compromiso de los movimientos sociales dentro de la vida política de una manera más institucional. Nos referimos en particular a la participación del Movimiento de los Sin Tierra (MST) en mandatos parlamentarios en todo Brasil. Otros movimientos sociales también participan en candidaturas y mandatos populares. En cierta medida, esto ha empezado a transformar el comportamiento de los partidos y de sus dirigentes desde dentro. El MST y otros movimientos han construido un enfoque más colectivo y participativo de los mandatos que han elegido. 

En muchas ciudades existen experiencias de mandatos colectivos o comunitarios, en los que las personas son elegidas para cargos de concejales o representantes del Estado de forma conjunta, pero con el compromiso de debatir siempre cada paso a dar de forma comunitaria y verdaderamente participativa. 

Plantar, cultivar e insistir en hacer florecer una nueva organización de base en la arena política, y darle a esta la oportunidad de desplegarse, representa el nuevo aliento que puede ayudarnos a seguir avanzando para resistir a los grandes desafíos de estos tiempos. El lugar de la espiritualidad en esta lucha pasa por el desarrollo de una cultura del cuidado y del amor, que es, como dice Leonardo Boff, una relación cordial. Después de todo, como dijo el presidente Hugo Chávez: «La política debe hacerse siempre con amor. Si no se hace con amor, no es verdadera política y no será eficaz».