SIN EDUCACIÓN POLÍTICA POPULAR NO HABRÁ REVOLUCIÓN NO HABRÁ REVOLUCIÓN

NACHO DUEÑAS GARCÍA DE POLAVIEJA
Granada, España

Desde los años setenta, padecemos una ofensiva económica a partir de la crisis del petróleo, la sustitución del keynesianismo por el neoliberalismo, la eliminación de la paridad dólar-oro y la creación de la Comisión Trilateral. En los noventa se dio otro golpe de tuerca, caído el bloque soviético, mediante la globalización (o colusión capitalismo financiero-nuevas tecnologías), para intensificar aún más el proceso de concentración de la riqueza, pues según Jean Ziegler, alto funcionario de la ONU, el 1% de la población tiene la misma riqueza que el 99% restante.

Para ello, se ha venido llevando a cabo lo que el sociólogo Carlos Elías Pérez denominaría “lobotomía intelectual”, es decir, todo un lavado de cerebro. De cara a su aplicación, no solo se ha contado con el grueso del poder académico, mediático, financiero, etc., sino con numerosos actores tales como la Fundación Herritage, Hollywood, Warner, CNN, The Economist, X, Meta, Facebook, y un largo etcétera, entre universidades, fundaciones, editoriales, thinks tanks, etc.

El proceso ha resultado exitoso, hasta poder afirmar que el establishment ha logrado imponer su relato al de los revolucionarios, posibilitando la desmovilización de unas, la despolitización de otras, y el descrédito y la marginalidad del pensamiento y la actividad de izquierdas (entendiendo por estas la movilización por un cambio económico y sociopolítico que atenúe la desigualdad para erradicar la pobreza).

No obstante, de cara a la efectividad de este lavado de cerebro, se han fomentado actitudes y posturas tales como el consumismo, el narcisismo, el egoísmo y la utilización acrítica de las nuevas tecnologías y las redes sociales. Tal vez por todo ello, el anarco-primitivista John Zerzan sostenía ya en 2001 que hasta el 80% de los estadounidenses había pensado en el suicidio, debido a modos de vida demenciales, y que solo el 20% de ellos estaba libre de síntomas psicopatológicos.

En efecto, a principio de los años setenta, pese a la esclerotización del marxismo y del bloque soviético, ciertos conceptos de las izquierdas, como la justicia, la solidaridad, el orgullo de pertenencia a la clase trabajadora, etc., se encontraban presentes en la sociedad, en un contexto en el que se debatía sobre la lucha armada, la noviolencia, el sandinismo, el pacifismo, los hippies o el feminismo. 

Hoy, sin embargo, buena parte de la sociedad, y aun de la juventud, ostenta actitudes machistas, elitistas, racistas, consumistas e individualistas, lo cual explica el auge de las nuevas extremas derechas, desde Meloni a Trump y desde Orbán a Milei, gracias entre otros factores al abandono de los partidos nominalmente izquierdistas a la clase trabajadora y a la revolución (abandono del que el PSOE español y el Partido Laborista británico son claros exponentes), como sostiene el economista Viçens Navarro.

Ante todo esto, las izquierdas cuentan con unos medios exiguos en comparación. Y era obvio que con el tiempo acabarían perdiendo la hegemonía del relato en la opinión pública. Y es que no ha prendido el ejemplo de algunos casos de educación popular política, entre ellos los cuadernos de marxismo de Marta Harnecker, los escritos de teología popular de Pepe Castillo, la pedagogía liberadora de Paulo Freire, la lectura bíblica en clave liberadora al interior de las Comunidades Eclesiales de Base, los procesos formativos dentro del MST, o la labor concientizadora de músicos como Silvio Rodríguez o Residente, y de cineastas como Ken Loach o Michael Moore.

Podemos afirmar que sin una renovada y audaz apuesta por la educación política popular no habrá revolución. Y es que, como sostiene Joao Pedro Stédile, antes de liberar la tierra se requiere liberar la mente. Hegel sostenía que “el esclavo perfecto es el que piensa con la cabeza del amo”, y el propio Napoleón Bonaparte, que era un tirano pero no un idiota, que “el poder de la espada poco puede hacer frente al de la pluma”. 

Por ello Frei Betto lleva insistiendo tanto en la necesidad de la educación política. Y es que la revolución cultural debe ser previa y simultánea a la revolución social. Así, el actual estancamiento de las izquierdas latinoamericanas en la presente década, que ganan las elecciones pero apenas transforman (Lula, Petro, Arce, Boric…), a diferencia de las mismas izquierdas de las dos décadas anteriores (Chávez, Correa, Evo…) que no solo ganaban elecciones sino que transformaban (según la CEPAL, en la “década dorada”  hasta 100 millones de latinoamericanos salieron de la pobreza), se debe a que se ha desatendido la educación política popular.

Juan Carlos Monedero se queja de esto con razón, afirmando que los partidos son meros engranajes electorales. Y contra ello plantea el concepto del partido-movimiento, que incluye la movilización de masas en momentos delicados como golpes de Estado, el carácter participativo horizontal de los militantes y, por supuesto, la educación política popular.

No en vano analiza Rafael Correa lo que denomina el “síndrome de Doña Florinda”: gente que, tras salir de la pobreza, adopta poses propias de las oligarquías, volviéndose clasista, individualista e insolidaria. Este mandatario se ha preguntado dónde está, a la hora de votar, toda la gente que salió de la pobreza. Podríamos responder que desactivada y lobotomizada, por la ausencia de educación política.

Frente a ello, nuestros movimientos y colectivos deben centrarse en dicha educación, a la vez que deben presionar a los partidos de izquierda para incluirla entre sus principales actividades. Si de veras queremos hacer la revolución, tenemos que crear una estrategia inteligente y barata, que cuente con voluntarios, redes sociales, medios alternativos de comunicación, textos y videos pedagógicos, así como recursos culturales como el cine, la música y la poesía. No en vano, según José Martí, “trinchera de ideas es más útil que trinchera de piedras”.