EDUCAR EN DERECHOS HUMANOS
JUAN JOSÉ TAMAYO
España
En una concepción bancaria de la educación, no parece tener cabida el discurso de los derechos humanos. En un enfoque tecnológico del sistema educativo, los derechos humanos pasan a segundo término e incluso se tornan superfluos. En una visión educativa orientada a la productividad y al consumo la imagen que se transmite del ser humano es la de homo consumens.
Uno de los atentados más graves contra la dignidad y los derechos de los seres humanos es la discriminación de género ejercida por el patriarcado en alianza con otros sistemas de dominación como el colonialismo, el capitalismo, los fundamentalismos religiosos, el supremacismo blanco, el racismo, la aporofobia, la necropolítica, hasta desembocar en violencia contra las mujeres, que con frecuencia termina en feminicidios.
Para erradicar tamaña agresión la educación en derechos humanos debe poner especial empeño en educar en la igualdad y la justicia de género bajo la guía del feminismo, ya que de lo contrario se seguirá reforzando el patriarcado desde la escuela y reproduciendo las actitudes sexistas, difíciles de erradicar en la edad adulta. Requiere también educar en el respeto a las diferentes identidades afectivo-sexuales más allá de la heteronormatividad y de la binariedad sexual. El espacio escolar es el lugar más adecuado para deconstruir los discursos de odio homófobos, sexistas y antiLGTBI, que desembocan a menudo en prácticas violentas.
Inseparable del reconocimiento de la dignidad y los derechos de todos los seres humanos es la defensa de la dignidad y de los derechos de la naturaleza y su biodiversidad. Defendiendo la dignidad de la naturaleza y la biodiversidad estamos defendiendo también nuestra dignidad y la diversidad de lo humano ya que nosotros somos naturaleza. Ella puede sobrevivir sin nosotros, nosotros no podemos seguir sin ella. La actitud a adoptar para con la naturaleza es la ética del cuidado para el logro de su bienestar y la práctica compasiva con sus sufrimientos. Ello conduce derechamente a criticar el antropocentrismo, que convierte al ser humano en dueño absoluto, el modelo
de desarrollo científico técnico de la modernidad, que explota a la naturaleza en beneficio del capitalismo y la depreda de manera inmisericorde hasta convertirla en un basurero.
Frente a la estrecha identificación entre derechos humanos y nación, que sólo reconoce derechos a las personas nativas y los niega a las personas migrantes, refugiadas, sin patria, etc., hay que educar en una ciudadanía global que considere a todas las personas sujetos de derechos y posibilite su pleno ejercicio en todos los terrenos: social, político, educativo, cultural, sanitario, laboral, etc. Ello implica fomentar en el alumnado escolar y en la educación cívica actitudes hospitalarias y erradicar las actitudes xenófobas, racistas y aporofóbicas que con frecuencia se encuentran grabadas en el imaginario social y se transmiten a niños, niñas, adolescentes, jóvenes y personas adultas.
El laicismo es una de las principales asignaturas pendientes que no se ha aprobado en la vida política de no poco países democráticos de tradición cristiana, donde quedan todavía no pocos restos de nacionalcatolicismo, y tampoco en la educación, donde sigue manteniéndose la enseñanza confesional de la religión en los diferentes niveles de enseñanza. Por eso resulta necesaria y urgente la educación en el laicismo, que consiste en educar en los valores cívicos de la libertad, la igualdad, la justicia, la solidaridad, la fraternidad-sororidad y en la participación en la vida política.
Educar en los derechos humanos requiere una educación intercultural e interreligiosa. No vivimos en un universo cultural, sino en un pluriverso de cosmovisiones. Tampoco vivimos en un universo religioso, sino en un amplio mosaico de religiones y espiritualidades. Ello exige huir de las clasificaciones apriorísticas de culturas y religiones entre superiores e inferiores, universales y locales, que suelen hacerse en las aulas en el estudio de las culturas y religiones y desembocan en imperialismo cultural y religioso.
En la interculturalidad no hay una absorción o precedencia de una cultura sobre otra, como sucede en el caso de la “asimilación”, tampoco co- existencia, como es el caso del “multiculturalismo”, que suele desembocar en racismo encubierto, sino correlación, comunicación fluida, diálogo simétrico y compromiso de compartir un espacio comunitario humanizador. La
interculturalidad constituye una experiencia de apertura a las personas de otras culturas mediante la acogida, que obliga a replantear la propia vida.
En el ámbito educativo la interculturalidad implica la apertura a la pluralidad de textos y contextos, considerados todos ellos fuentes de conocimiento, a la pluralidad de culturas como fuentes inagotables de sabiduría, la disposición a valorar la riqueza de otras tradiciones culturales, religiosas y étnicas, así como la no discriminación de las personas y los grupos que pertenecen a ellas.
La pervivencia y el avance de las desigualdades en nuestras sociedades constituyen un mentís a las declaraciones de los derechos humanos y un fracaso en los sistemas educativos, que con frecuencia reproducen tales desigualdades. Por ello es necesario dar a conocer en las aulas el fenómeno de la pobreza creciente, analizar sus causas estructurales, cuestionar el actual modelo económico neoliberal, que, como afirma el papa Francisco, es injusto en su raíz, y proponer alternativas para construir un mundo donde quepamos todos los seres humanos y la naturaleza, y educar en las diferentes formas de resistencia y de lucha contra la pobreza con la mirada puesta en Otro Mundo Posible.
Nuestro mundo se ha convertido en un coloso en llamas. Actualmente existen 56 conflictos bélicos en los que están implicados 92 países. La respuesta no puede ser otra que la educación en una cultura de paz, y en la noviolencia activa. Es necesario pasar de la justificación de la guerra justa a la educación en la paz justa, que es inseparable de la justicia siguiendo la propuesta del salmista bíblico: “la justicia y la paz se besan” (Salmo 85,10).