EDUCACIÓN POPULAR FEMINISTA PARA UNA ACCIÓN POLÍTICA TRANSFORMADORA
JOHANNA MOLINA ACEVEDO
Colectivo Viento Sur y Mujeres en Marcha, Chile
Cuando mi hijo tenía 6 años, me llamaron del colegio porque presentaba un fuerte dolor de cabeza. Luego de muchos exámenes la conclusión fue stress, y la recomendación, medicarlo. Esperamos que las infancias sean felices, que tengan herramientas para ir descubriendo el mundo e integrarse a la sociedad. Pero ¿qué sociedad, qué mundo, bajo qué condiciones?
Hoy, asistimos a una crisis sistémica; social, ecológica, climática, laboral, por nombrar algunas; que evidencian el conflicto capital-vida al que nos enfrentamos (Faria, 2018) y que nos exige cambios estructurales urgentes. En la era de las fake news, las falsas soluciones, la manipulación mediática y el avance de los conservadurismos y las violencias, necesitamos más que nunca una sociedad crítica, que trabaje colectivamente hacia la transformación de la realidad. Y para ello, es imprescindible una educación política popular y feminista que no se encuentra en la institucionalidad educativa, sino en el pueblo organizado y consciente.
Conocí la educación popular en los 90, de la mano del Taller de Acción Cultural, trabajando con mujeres recolectoras de frutos silvestres de sectores rurales del país, en el rescate de la memoria histórica, el aprendizaje colectivo y la promoción de la organización. Nunca me olvido de la resignación de una mujer de mediana edad, al decir dos cosas que me impactaron profundamente, la primera, que ella, su familia y su entorno eran pobres porque Dios así lo había dispuesto; y la segunda, que no trabajaba, solo era dueña de casa.
Esta mujer trabajaba no solo dentro de su casa, sino que caminaba 5 horas a diario para recolectar setas, rosa mosqueta, mora, hierbas, según la temporada. Que además, cargaba lo recolectado al hombro, en sacos de 30 kilos o más por varios kilómetros. Y todo este esfuerzo para que después pasara un intermediario, “el señor de la camioneta” y le pagara unos pocos pesos.
¿Cómo se transforma la percepción de una realidad aplastante, aparentemente inalterable y además bajo la creencia de un designio divino?
Desde la educación popular feminista se plantea la necesidad de una visión crítica que nos permita: visibilizar, desnaturalizar e historizar aquello que nos vulnera. “Hacer visible lo invisible”, permite develar las opresiones y el entramado que las sustenta, pero al mismo tiempo nos permite reconocer los saberes, herramientas y la fuerza vital propios. La desnaturalización e historización permiten identificar los mecanismos a través de los cuales se legitiman, sostienen y reproducen las opresiones (Torres, 2010).
Politizar es estar conscientes, y lo hacemos a partir de la práctica, de la cotidianidad, del propio contexto, problematizando, reflexionando y analizando de forma colectiva la realidad, sus causas, relaciones, efectos, afectos, etc. En una relación dialéctica. Como diría Claudia Korol (2018), “no hay pedagogía emancipadora sin diálogos, sin pasión, sin práctica social, sin los movimientos populares pensando y actuando colectivamente...”.
En el caso de las recolectoras, a través de un proceso que perdura hasta hoy, fuimos facilitando espacios de diálogo para analizar la realidad de explotación y precariedad, relevando las relaciones de poder que determinaban nuestras vidas. Cada una pensaba que su situación era exclusiva, pero en el intercambio, se dieron cuenta de que eran muchas y estaban en todas partes. Además, dimos seguimiento a los procesos de comercialización de los frutos recolectados. Fue una sorpresa descubrir que se exportaban a precios exorbitantes, para las mesas de familias del primer mundo. Así, se fue dignificando el trabajo, pasando de la vergüenza al orgullo y de la atomización a la organización, lo que permitió mejorar las condiciones de trabajo y, consecuentemente, de vida.
Como aprendimos de Paulo Freire, es indispensable conocer y analizar la realidad para poder transformarla; incorporando no sólo la racionalidad, sino las subjetividades, las emociones y las corporalidades.
A lo largo de los años, junto a la Marcha Mundial de las Mujeres y el Colectivo VientoSur; aprendimos una forma de facilitar el análisis: el mapeo. Cuando mapeamos el territorio cuerpo, nos observamos como parte integrante de la naturaleza, e identificamos cómo aquello que impacta al territorio, impacta también nuestros cuerpo y vidas. Cómo nos relacionamos con el territorio, cómo y dónde sentimos el despojo, la explotación, la desigualdad. Cuando dibujamos el territorio tierra, plasmamos sus atributos, bienes comunes, infraestructura, las organizaciones presentes, etc., y luego los conflictos. En la mayoría de los casos, se pasa del verdor y azul de las aguas, de las flores y animales, al gris de la destrucción, la contaminación, el despojo, la pobreza. Las múltiples opresiones que nos atraviesan, particularmente a las mujeres y niñas.
Es entonces que aflora la pregunta: ¿cómo llegamos hasta aquí? En una línea de tiempo, van apareciendo los extractivismos, de la mano de capitales nacionales o trasnacionales, que prometiendo trabajo y bonanza, se instalan destruyendo los bienes comunes, precisamente aquello que necesitamos para la reproducción de la vida (Herrero, 2014 ), en beneficio, sabemos, de unos pocos.
La educación así entendida, forma sujetas y sujetos políticos, que logren pasar a la acción política que transforme la realidad opresora. Frente a un sistema neoliberal, capitalista, heteropatriarcal y colonial, que todo lo mercantiliza y al que solo le importa generar lucro, es imperativo defender la vida. Defenderla requiere de cambios estructurales que trastoquen el modelo de producción, distribución, consumo, y la forma como nos organizamos como sociedad; hacia una cultura del cuidado, de los buenos vivires y principios de justicia, solidaridad y reciprocidad. “El desafío es construir fuerza social y política para poner en práctica la construcción de alternativas y un proceso de transición hacia otro modelo” (MMM, 2022). Para ello, la educación política es el camino viable.