LA EDUCACIÓN POLÍTICA Y LOS JÓVENES
LLORENÇ PLANES
Bagà, Cataluña
En clase un grupo de jóvenes de 18 a 27 años forman un semicírculo. Estudian Animación Sociocultural. La profesora proyecta en la pizarra la estructura de un templo griego. En el frontispicio de la misma figura: Mi pensamiento y en las cuatro columnas que lo sostienen hay un escrito en vertical en cada una: Justicia social, Diversidades, Gobernanza, Ecología.
La pregunta es la siguiente: ¿Cuál es vuestra opinión acerca del ideal en cada uno de estos temas? Vamos a expresarla y comentarla. La dinámica de la clase pasa por una rueda de opiniones y después un debate. La mayoría de los estudiantes son capaces de comunicar un pensamiento bastante definido a propósito de cada temática. En general, cuando el debate se profundiza, aparecen desavenencias, incoherencias y discusiones. Todo muy normal. Rico en matices. Representativo de la complejidad. En general, confluyen en propuestas de cierta radicalidad hacia una visión que podríamos catalogar de izquierda alternativa con las contradicciones propias del proceso de construcción del pensamiento autónomo en el que se encuentran. Se expresa indignación de lo que ocurre en nuestro mundo y lo que sería lo ideal.
En una segunda sesión titulada De la indignación a la movilización, a los propios estudiantes se les pide que propongan caminos para incidir en las políticas. A modo orientativo disponen de un mapping con palabras de grosor diferente con expresiones como: Protesta, afiliarse, asociaciones, partidos políticos, asambleas, lectura de textos, parlamento, gobierno municipal, gobierno nacional, gobierno estatal, acción política, participación, comunicación, redes, huelgas, movilización, votar... La dinámica es la misma; una rueda de ideas y debate. En esta ocasión se produce una opinión casi unánime: hagas lo que hagas no hay nada que hacer. Si te movilizas probablemente pierdes. Votar no sirve de nada. Meterse en un partido es entrar en un mundo autopoiético, una estructura cerrada. La política es una forma de vivir y no un recurso para facilitar la convivencia y arreglar las cosas.
El cultivo de las ideas, trabajado en la primera sesión, es suficientemente aceptable a pesar de la dispersión y la constante tendencia hacia un discurso correcto a pesar de una praxis que lo contradice. En cambio, la formación en el campo de la participación democrática es nula y se ve como un camino si no imposible muy difícil. No hay atractivo en la política.
La formación en la política es, sin duda, un punto débil en el itinerario educativo obligatorio en cualquier país con, quizás, alguna excepción. Es el ejemplo más ilustrativo de lo que representa la práctica educativa en el ámbito no formal e informal. De poco sirve lo que en una clase podamos trabajar, si no existe una correspondencia fuera de las aulas. El entorno pues, educa.
En la escuela, instituto o universidad podemos formar, informar, documentar, ejemplificar e incluso practicar cualquier disciplina, pero todos estos aprendizajes entendemos que deben estar relacionados con lo cotidiano. La participación en asociaciones, clubes, aficiones compartidas, partidos políticos o cualquier colectivo permitiría poner en práctica las competencias y conceptos aprendidos de acción y participación, pero muy pocos jóvenes muestran pertenencia o referencia a alguno de estos ámbitos de práctica social y política. Por otra parte, la actividad ciudadana informal, que constituye un medio educador tremendamente potente para la normalización de conductas y prácticas, actúa a menudo en sentido contrario. Para culminar un proceso de aprendizaje político debería haber un marco de propuestas que invitaran al joven a formar parte de la estructura participativa del país en el que viven. ¿Podríamos imaginarnos los aprendizajes en cálculo, lenguaje, música o arte… sin que la sociedad nos propusiera practicar y participar en esos campos?
Hay pocos lugares en el mundo donde sean habituales los canales de participación en asambleas con una incidencia en la comunidad y poquísimos estados donde se pueda participar en las decisiones a modo de consultas sobre cualquiera de los temas a resolver: ecológicos, lingüísticos, culturales, de igualdad...
Así pues, es la misma (no) propuesta participativa, la que ha ahuyentado a los jóvenes de los caminos de la gobernanza, y de este modo perciben la política como un mundo cada vez más alejado al ciudadano.
Los jóvenes han demostrado una mirada crítica con la que en los centros de formación podemos trabajar para que cada alumno pueda construir su propio esquema de pensamiento. Libre. En lo que se refiere a la implicación la cosa cambia. Ninguno de estos chicos ha vivido, aunque sea vicariamente, momentos estimulantes de movilización. Ni un 15-M, ni una primavera árabe… Y cuando mencionamos estos movimientos son siempre sinónimo de fracaso e inutilidad. Al hacerles ver otros avances en materia de feminismos, lucha contra el racismo, de inclusión o el avance en la aceptación de las diversidades nacionales, lo aceptan, pero ponen el acento en las carencias y no tanto en la evolución positiva que ha habido. Las revoluciones cubana o nicaragüense, por ejemplo, son vistas como una distopía: Países pobres, sin libertad y con unas dictaduras sanguinarias. En definitiva, los jóvenes con los que he intervenido ven la acción política como algo negativo.
¿Dónde está la esperanza entonces? ¿Quizás en propuestas alternativas comunitarias, donde los pequeños logros son posibles y comprobables? La agrupación para incidir en temas sociales, culturales y de justicia cercanos como luchar contra los desahucios, la recuperación de espacios naturales, cooperar en el comercio, o en el caso de Cataluña recuperar y difundir la lengua propia, o el anhelo de ser un estado... Aquí puede haber un escenario que conforme un marco de participación e imposibles ya no de practicar, sino de entender. Estos pequeños y poderosos cambios, este compromiso con lo cercano, puede ser un eslabón imprescindible para cambiar el mundo.