Varón y mujer: ¿iguales derechos en la Iglesia?

Varón y mujer:

¿iguales derechos en la Iglesia?

 

Maria van Hoesel


Derechos de la mujer en la Iglesia

Hombre y mujer son únicos. La mujer piensa, siente, y experimenta la vida a su manera, única. Creada a imagen del Creador, la mujer, no menos que el varón, es creadora de nuestro mundo humano, por medio de su dedicación, sus habilidades, sus talentos y carismas. Presentando entre nosotros a un Dios que es amor, y haciéndolo como lo hizo, Jesús habilitó también a las mujeres para representar ese amor: para ser heraldos de la Buena Noticia, ministros de sus sacramentos de vida. Las mujeres son personas humanas plenas, y ciudadanas de pleno derecho en la comunidad de amor de Jesús.

Para captar en toda su dimensión el status y la misión de la mujer en la Iglesia, necesitamos primero exorcizar los demonios que han asfixiado la fe y la vida cristiana por muchas generaciones.

Confrontando el pasado

En nuestra larga historia como comunidad cristiana hemos cometido muchos errores. Ahora admitimos con vergüenza que hemos tolerado la esclavitud, el racismo, las conquistas coloniales, la explotación de los pequeños... ¿Y respecto a las mujeres? La Iglesia permitió que las mujeres de nuestra comunidad –nuestras madres, hermanas e hijas– fueran tratadas como miembros de segunda clase. Y lo que es peor: presentó razones religiosas para probar su inferioridad.

Los enseñantes y los predicadores lo atribuyeron a Dios Creador: Él fue quien hizo al varón más fuerte, más inteligente y confiable que la mujer, se nos dijo. El Creador confió el control al varón, y puso a la mujer bajo su autoridad. Es lo que también habría querido Jesús, se dijo. Jesús habría dicho que los varones, no las mujeres, le representarían en los sacramentos. Ellos deberían presidir la eucaristía. La mujeres deberían dedicarse al servicio, y a tener hijos, como la Virgen María, cuya principal virtud fue la humildad, a pesar de ser la Madre de Dios.

Pero para librarnos del demonio de los prejuicios contra la mujer, hay que ir más atrás.

Nuestras raíces en las culturas paganas

Ninguna discriminación viene de Dios. Pues bien: también esto se aplica al caso de la mujer.

La fe cristiana creció en el ambiente de las culturas judía, griega y romana. La fe cristiana no tenía experiencia, y, con frecuencia, no supo detectar los valores equivocados de las sociedades en las que vivió. También esto afectó a su posición respecto a la mujer. En todas las sociedades de aquel tiempo la mujer era considerada como de segundo rango. Se creía, por ejemplo, que la mujer no era un ser humano completo; sólo el varón portaba la semilla que, según se pensaba, contenía la futura persona completa. Las mujeres eran como el terreno en el cual se planta la semilla. El varón produce la vida; la mujer simplemente la alimenta; así se pensaba.

Más: se daba por sentado que los varones debían gobernar, y las mujeres obedecer. La ley romana expulsó a las mujeres de los oficios públicos. La mujer no podía testificar en los juicios. No tenía ningún derecho sobre los hijos. El marido tenía toda la autoridad en la casa. Y todo esto era para proteger a las mujeres, por su pobre mente y su débil carácter...

Como un primer paso para enderezar los errores cometidos contra las mujeres, deberíamos exponer el origen profundo de esos errores. La causa raíz está en el mundo cotidiano en el que nuestros ancestros cristianos vivieron: sus costumbres sociales, su manera de pensar y de hablar, lo que pensaban de la naturaleza humana, las tradiciones de sus religiones paganas. El origen más profundo de la discriminación contra la mujer fue una visión de mundo que todavía no había sido sanada realmente por la visión que trajo Jesús.

Durante 19 siglos los cristianos continuaron tolerando la esclavitud por no haber captado plenamente la igualdad fundamental de todos los seres humanos que se desprende del mensaje de Jesús. Es decir, en nuestro caso, los cristianos discriminaron a la mujer porque todavía pensaban como paganos y no tenían la plenitud de la visión de Jesús. Pero eso no es todo...

Racionalización

Sí, la cultura pagana fue la causa del problema. Pero no fue la única. Miremos el caso paralelo de la esclavitud, al que acabamos de referirnos. Los primeros cristianos aceptaron la esclavitud porque la aceptaba la sociedad pagana en la que vivían. Entonces, los predicadores y los enseñantes comenzaron a justificar la esclavitud con textos del Primer Testamento, del tiempo anterior a Jesús, textos que no miraban a la mujer como luego vimos a Jesús mirarla.

Pues lo mismo pasó en el tema de la mujer. En el Primer Testamento, los padres y los maridos gobernaban sus familias. Los sacerdotes y los levitas del Templo eran varones. Las mujeres no podían presentar su propio sacrificio en el Templo ni hacer votos por su cuenta. La mujer estaba sujeta en todo al varón, y esto era visto como una carga que gravitaba sobre la mujer por causa de la transgresión que cometió Eva en el Paraíso: Tu marido te dominará (Gn 3,18)...

Pues bien, los predicadores cristianos comenzaron a aplicar esto también a las mujeres cristianas. Interpretaron algunas de las acciones de Jesús a la luz del Primer Testamento, sin darse cuenta de que Jesús, como dijo Pablo, había venido a poner en marcha una creación enteramente nueva (2 Cor 5,11).

El mensaje de Jesús

En su ministerio Jesús puso especial atención a las necesidades de las mujeres. Cuando la mujer que sufría una hemorragia tocó a Jesús desde atrás, «percibió que un poder había salido de él» (Mc 5,21-43). La mujer sirofenicia suplicó a Jesús que le quitara un demonio a su hija (Mc 7,24-30). También reaccionó Jesús a los gestos silenciosos de la mujer: la prostituta arrepentida que ungió los pies de Jesús (Lc 7,36-50), la viuda que lloraba tras el féretro de su hijo (Lc 7,11-17), la mujer encorvada por la artritis (Lc 13,10-17), la viuda que echó dos moneditas en el cepillo del templo (Lc 21,1-4) y las mujeres de Jerusalén que lloraban cuando pasó él con la cruz (Lc 23,27-31).

Para su enseñanza, Jesús tomó ejemplos de la vida de las mujeres no menos que de la de los varones. Sabía que las mujeres guardan sus tesoros en cofres y que encienden una lámpara al anochecer (Mt 6,19-21; 5,15-16). Habló de los niños que juegan en la plaza y de las niñas que se ilusionan con las arras para su boda (Mt 11,16-19; 25,1-13). Con frecuencia dijo sus parábolas en pares, una sobre una mujer, en paralelo con otra sobre un varón: el ama de casa que pone levadura en la masa (Lc 13,20-21), la mujer que pierde una moneda (Lc 15,8-10) y la viuda pobre que da la lata al juez (Lc 18,1-8)...

Jesús invitó a varones y mujeres a entrar en el Reino del Dios del amor, por el bautismo. Las mujeres reciben el mismo bautismo que los varones. Esto fue un cambio revolucionario. En los tiempos del Primer Testamento, las mujeres no eran personalmente miembros de la Alianza, porque no estaban circuncidadas. Eran parte de la Alianza indirectamente: a través de sus padres o de sus maridos. No podían presentar sus propios sacrificos. Pero Jesús cambió todo esto. Cada mujer bautizada viene a ser «otro Cristo», igual que el varón: «Todo los que han sido bautizados en Cristo, han sido incorporados a Cristo. Ya no hay discriminación entre judío y no judío, esclavo y libre, varón y mujer (Gal 3,28). Cada mujer bautizada comparte plenamente la misión que Cristo tiene como sacerdote, profeta y rey.

Jesús escogió 12 varones como sus apóstoles. Escogió varones porque tenían que remplazar a los 12 antiguos patriarcas. Escogiendo sólo varones no quiso excluir de este ministerio en el futuro a las mujeres. Si escogió sólo judíos entre los primeros 12; ¿quería que todos los futuros ministros fueran judíos?

Pero, de hecho, las mujeres fueron ministros, pues varias le acompañaban en su ministerio: María de Magdala, Juana (la esposa del primer ministro de Herodes, Chuza), y Susana y varias otras (Lc 8,1-4).

Jesús lo confirmó en la última cena. Quiso que fuese una cena pascual (Lc 22,7-16). Ahora sabemos que las mujeres siempre participaron en las comidas de la comunidad de Jesús de que hablan los evangelios. Toda la familia tenía que tomar parte en la cena pascual, según el ritual (Ex 12,1-14). Los evangelios mencionan la llegada de Jesús y de los Doce esa tarde (Mc 14,17), pero otros discípulos habían estado preparándolo todo, mujeres entre ellos. Es seguro que su madre María y otras discípulas estaban allí.

Fue a todos los discípulos, hombres y mujeres, a quienes Jesús dijo: «Coman todos, esto es mi cuerpo. Hagan esto en memoria mía». Ahí, el «todos» incluye a varones y mujeres. Nadie ha dudado nunca que Jesús quisiera que recibieran la comunión las mujeres, tanto como los varones. ¿Cómo se puede dudar que Jesús habilitara a las mujeres tanto como a los varones para celebrar su memoria a través de la Eucaristía? El Concilio de Trento afirmó en 1562 que Cristo instituyó el sacerdocio eucarístico precisamente con las palabras «Hagan esto en memoria mía». Si fue así, las mujeres ¿no están también habilitadas para ser sacerdotes en nombre de Cristo?

 

Maria van Hoesel

Kingston, Jamaica