Sin una nueva visión, nos perdemos

SIN UNA NUEVA VISIÓN, NOS PERDEMOS

Mary Judith Ress


He estado trabajando dentro del pensamiento ecofeminista, especialmente en sus aplicaciones a la teología, la ética y la espiritualidad en el contexto latinoamericano, los últimos 25 años. Como muchos otros seres humanos, toda mi vida he estado buscando imágenes relevantes de la divinidad, para poder guiar mi forma de ser y actuar en el mundo. Y aunque la teología feminista me había dado herramientas analíticas para «sospechar» de los pilares patriarcales de nuestras imágenes de dios, todavía no me ofrecía de una manera satisfactoria imágenes auténticas del Misterio Último, que incorporaran las revelaciones provenientes de los descubrimientos científicos después de Einstein.

Sin embargo, los humanos necesitamos construcciones de significado sobre los que edificar nuestras vidas. «Sin una visión la gente muere» (Proverbios 29,18). Esto se vuelve algo urgente en mi caso: al acercarme a la vejez busco imágenes que me den un sentido, y no solamente que tengan sentido, sino que me urjan –como a Miriam en la antigüedad– a liderar a otras/os en el canto, la danza, la oración y el agradecimiento, por las maravillas que surgen con un despertar consciente o, en palabras de Carl Sagan, a celebrar «la encarnación local de un Cosmos que se ha hecho auto-consciente».

Convicciones ecofeministas

Cada día me convenzo más de que la humanidad está «gimiendo» por una nueva definición del ser humano que nos haga percibirnos como parte de la comunidad de la Tierra, no ajenos a ella. La convicción ecofeminista es ésta: somos terrícolas. Nuestro pasado, así como nuestro futuro, están radicalmente conectados a la suerte de este planeta. Y desde ahí trataré de seducirles hacia las percepciones del ecofeminismo, un «recordar quiénes somos», algo que, en verdad, ofrece una nueva visión utópica.

El ecofeminismo insiste en que la interdependencia de todos los seres es la realidad que constituye el Universo. Ser «dueños del universo» nos dejaba con una sesión amarga de estar huérfanos de la matriz de la cual evolucionamos. En realidad, poco a poco, está despertando en nosotros/as que al ser partes de una totalidad más grande, esa gran totalidad también es parte de nosotros/as, y es precisamente por la evolución de esa gran totalidad como ahora nos damos cuenta de cuán relacionados/as estamos con todo lo demás.

Los descubrimientos hechos durante los últimos 30 años en la física cuántica y en la biología, han cambiado radicalmente nuestras definiciones del origen y la magnitud del universo, así como de quiénes somos como especie humana. Un gran cambio de paradigma está aconteciendo, que cuestiona nuestra actual manera mecanicista de entender el universo y que nos lleva hacia una cosmología, que está emergiendo, en la que el universo aparece como una red dinámica de eventos interrelacionados...

Para mí, el ecofeminismo es un nuevo término para una sabiduría antigua: una sabiduría que todavía permanece dormida dentro de nuestras memorias genéticas. La gran intuición del ecofeminismo es el despertar a la convicción de que todas las cosas están interconectadas, y por lo tanto revestidas de lo sagrado. El ecofeminismo vincula la opresión de las mujeres y de las personas de color, a un sistema que es controlado por la clase masculina que gobierna, e incluye la devastación del planeta como dos formas de violencia que se refuerzan y alimentan mutuamente. Más: las dos provienen de un sentido terriblemente erróneo de la necesidad de controlar, de dominar a la otra, a lo que es diferente, es decir: la mentalidad patriarcal. Después de haber sido ambas –las mujeres y la tierra– fuente de la vida, hemos llegado a ser recursos para ser usados –y abusados– como la estructura de poder lo desee.

Las ecofeministas se unen con todas aquellas personas que buscan una visión más global y holística, que reconoce y celebra el tejido de la vida. El ecofeminismo ubica a quien se adhiere a él, en el debate postmoderno y postpatriarcal, para entender más relevante y apasionadamente quiénes somos en relación a todo el cosmos. Buscamos una cosmología, una ética y una espiritualidad más adecuadas.

Mujeres activistas

Hoy día, en América Latina, uno de los movimientos más dinámicos es el movimiento ecológico. La mayoría de sus miembros son mujeres y gente joven. (Mundialmente, las mujeres formamos el 60–80% de la membrecía de las organizaciones ecológicas, aunque el perfil de liderazgo no lo refleje). La defensa de los derechos de la tierra y del agua ha sido sostenida principalmente por mujeres. Muchas campesinas e indígenas luchan contra las grandes empresas extractivas, de minería, petróleo, madera...

La teoría ecofeminista está evolucionando a partir de este activismo de las mujeres. Quiero subrayar que la práctica ecofeminista siempre ha emergido de las demandas críticas de la vida, de los imperativos de un momento histórico particular, no de una teoría prefabricada. Las mujeres sienten que hay una manera más sistémica de entender lo que le está sucediendo al planeta, y en muchos casos están buscando una espiritualidad que nutra sus luchas.

Un ejemplo de este activismo es la Red Latinoamericana de «Mujeres Defensoras de Derechos Sociales y Ambientales», formada en 2005. Su propósito es «visibilizar los impactos de la minería sobre las mujeres, visibilizar sus luchas, cuestionar este sistema colonizador de los pueblos, de sus tierras, de las mujeres y de la naturaleza, del voraz saqueo de los recursos minerales para el beneficio económico de las corporaciones mineras». La red está presente en Argentina, Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador, Guatemala, Honduras, México, Salvador, Perú y Uruguay. Son instituciones, colectivos, grupos locales, mujeres del campo y la ciudad, organizaciones de investigación... (www.redlatinoamericanademujeres.org).

La metáfora ecofeminista de la semilla

Teilhard de Chardin dijo que el gran descubrimiento de la época moderna ha sido el descubrimiento de la evolución. La evolución puede entenderse como un continuo despertar, un proceso cada vez más complejo de transformación, un caminar a tientas hacia un horizonte futuro de posibilidad que estuvo presente desde el comienzo del universo...

La gran metáfora del ecofeminismo es la semilla. La semilla germina, crece, florece, da fruto, se marchita, muere... y vuelve a la tierra para comenzar de nuevo el proceso. La semilla será lo que debe ser, nada más ni nada menos, enriqueciendo a toda la comunidad de la tierra. Nosotras, como semillas, debemos ser lo que debemos ser. ¿Podremos llegar a entender que cada una tiene una contribución única para nuestro tiempo, y que yo floreceré cuando otras también germinen y den frutos como debe ser? Este cambio de conciencia mostrará la mentira de la competitividad y del control patriarcal, y nos llevará a celebrar la complementariedad y la diversidad.

Queridas, queridos: somos terrícolas, y tanto nuestra historia como nuestro futuro están conectados radicalmente con el destino de este planeta frágil y verde que llamamos nuestro hogar. Estamos entrando en una extraña época nueva, donde ojalá los humanos nos conectemos en una escucha profunda. Una escucha de voces mucho tiempo olvidadas: la de los mares, los ríos, las montañas, el bosque, las estrellas, la luna; aquellas que nos llegan por nuestra memoria genética: nuestros ancestros, tanto humanos y no humanos; la de nuestros cuerpos: el mío, el tuyo, la amiga que ha sido abusada, el nuevo bebé, los jóvenes, la viejita desgastada y con arrugas, la Tierra misma...

Aquí es clave un sentido más amplio de hermandad. De una forma muy real, no existe el otro/la otra: la otra soy yo misma, porque todos venimos de la misma fuente; al final, ¡todos somos terrestres!

A estas alturas de mi vida, tengo el sentimiento de que mi sentido de quién soy se está expandiendo. Yo no soy sólo esta individuo cuyo nombre es Judy, este maravilloso conglomerado de energía; soy también memoria y posibilidad. A veces experimento como destellos de este yo, y ahí me doy cuenta que soy mi abuela, una mujer paleolítica que está compartiendo su sueño con la tribu, alrededor del fuego, en la noche... Sé que estaré presente en mis nietas y bisnietos... En esos momentos mi sentido de comunión (común unión) llega a ser más real, casi físico. «Somos lo que comemos», decía el viejo Feuerbach. Debo comprender que, como las otras especies, los humanos vivimos y morimos, comemos... y somos comidos. Todos los miembros de la Comunidad de Vida de la Tierra se alimentan los unos de los otros, y la muerte de uno da vida y nutrición a otros, lo cual, al final, crea una íntima y profunda reciprocidad. De algún modo, eso es suficiente.

 

Mary Judith Ress
Colectivo Con-spirando, Santiago de Chile