Que el amor es simple y el tiempo es breve

Que el amor es simple y el tiempo es breve

Las Grandes Causas en lo pequeño. Testimonio.

Fray Raúl Vera López


Cantaba Chavela Vargas que el amor es simple, y aunque sus canciones son de dolor y despecho, muy cierto es en esa frase que el tiempo es breve, y para las cosas pequeñas, para las simples, los minutos pasan más aprisa.

Hace falta tener sensibilidad y los sentidos muy entrenados para reconocer la riqueza y el valor que tenemos a nuestro lado. Es fácil ver complejos enormes que destruyen nuestras costas para turistas exclusivos que quizás lo único que tienen sea dinero, lo mismo que las tiendas de moda y grandes almacenes en donde no se encuentra nada porque son demasiadas opciones de lo mismo, cuando los pequeños huertos, nuestras familias, los pequeños grupos de amigos, los rincones donde vemos la puesta de sol, además de irrepetibles, llenan el corazón.

Siendo joven sacerdote estuve trabajando en la formación de novicios dominicos de la Provincia de México, a la que pertenezco como fraile. Los curas de las parroquias cercanas nos pedían ayuda para que atendiéramos algunas comunidades rurales. Me asignaron un poblado llamado San Pedro Nexapa, de unas cuatro mil personas. Eran campesinos de origen indígena, con un estilo de vida ya muy mestizo, que conservaba muy buena parte de su cultura indígena tanto en sus relaciones comunitarias y religiosas, como en todo lo que tenía que ver con el manejo de la naturaleza.

Mi compromiso era celebrar la misa los domingos a las diez de la mañana. Muy pronto comprendí que el horario para la misa dominical se les impuso, porque no tenía que ver nada con el ritmo de vida en el pueblo. Los habitantes del pueblo iban llegando poco a poco, hasta llenar la Iglesia a las once de la mañana. En mi afán por estar entre ellos, decidí sentarme en el confesionario desde antes de las diez de la mañana. El rincón de madera que el confesionario ofrecía, fue el primer instrumento pastoral por el que empecé a tener un contacto personal con ellas y ellos, pobladores de San Pedro. De enero de 1978 a septiembre de 1985 mi oficina fue ese confesionario. Escuchaba sus penas y dolores, sus problemas y dificultades. Sus «pecados» eran el resultado del ambiente hostil lleno de desprecio que recibían por ser campesinos o indígenas no solamente en la cabecera municipal, sino en otras de las comunidades rurales a las que salían a trabajar. Y no se diga la discriminación y maltrato cuando tenían que emigrar a la Ciudad de México en donde, especialmente niñas y adolescentes, eran contratadas como personal para el servicio doméstico.

Al conocerles descubrí que estaba entre personas muy ricas y sabias. Aprendí que sus referentes sobre la fe eran extraordinarios, lo mismo que en torno a la vida humana. En mi contacto con ellos conocí cómo el Evangelio impregnaba su vida toda. Su fe y su vida se entrelazaban. Un día les di los textos bíblicos de la misa del día para que los comentaran en grupos. No entendía cómo todos los grupos sin excepción habían entendido rápidamente la Palabra de Dios para iluminar su vida, y de manera muy sencilla les indicaba el camino por donde deberían continuar con plena dignidad para resolver sus problemas. A mí me había costado años de estudio con una carga académica pesadísima, y a ellos se les daba gratuitamente. Entendí que ellos gozaban de una sabiduría que provenía de Dios, y que les permitía no dejar de sonreír, además de que les proporcionaba la fuerza y el gusto para compartir entre ellas y ellos lo poco que tenían y, en medio de su trabajo cotidiano para sustentar su vida, encontraban tiempo para realizar una obra de evangelización; me tocó ver también cómo iba cambiando toda la vida de ese pueblo.

Hay muchas leyendas que hablan del maíz para explicar la fuerza de la cultura mexicana, y también hay muchos cuentos que hablan del trabajo de las hormigas frente a otros animales. A mí me gusta contar un mito que habla del maíz y las hormigas… El maíz fue secuestrado por un monstruo, que lo escondió en una montaña hueca, por lo que los animales de la selva se quedaron sin comer. Cada especie envió a su compañero más fuerte para que fuera a combatir al monstruo y rescatara la comida de toda la selva; sin embargo el monstruo los venció, por lo que decidieron mandar al segundo más fuerte, pero pasó lo mismo. Mandaron entonces al tercero más fuerte, tratando de descubrir el punto débil del enemigo y tampoco tuvieron éxito. Las hormigas tomaron la palabra, en una reunión en la que participaban por igual iguanas, jaguares, colibríes, cocodrilos, lagartos, armadillos, osos, víboras, tigres, ranas y otros animales. Ante la sorpresa de todos, las hormigas propusieron rescatar el maíz, pidiendo que las dejaran trabajar, y así fue. Hicieron un agujero en la base de la montaña y, después de un momento, empezaron a sacar uno por uno los granos del maíz. Lograron rescatar todo el maíz que el monstruo tenía retenido. La comunidad agradecida, no sólo festejó la comida que había regresado a ellos, sino que sintió mayor unidad que antes del susto que se llevaron con el monstruo. ¿Por qué me gusta la historia? Por que aun las especies más pequeñas, cuando están organizadas, pueden vencer al monstruo más poderoso.

La primera diócesis que me tocó atender como obispo tiene un perfil rural: la Diócesis de Ciudad Altamirano en el sur de México, en el estado de Guerrero. Ahí me propuse atender a sus habitantes lo más cercanamente que me fuera posible. Elegí moverme a sus pequeñas y lejanas comunidades, y no quedarme solamente en las cabeceras parroquiales. Al organizar el Plan Diocesano de Pastoral, todas las comunidades quedaron integradas y de todas surgieron agentes que dinamizaban con mucho interés el trabajo por el bien común tanto de la Iglesia como de la Sociedad. Mi experiencia en la siguiente diócesis como obispo coadjutor, en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, fue intensa, por la dinámica pastoral que ya existía para atender muy decididamente a todos sus miembros, con un ritmo y condiciones políticas particulares. La atención a las pequeñas poblaciones rurales, poblaciones medianas, zonas urbanas, culturas indígenas y mestizas, contaba con una fuerza excelente para formar a profundidad a los agentes y realizar una pastoral pujante e integral que superara esclavitud y abusos; entendí que la educación permanente, y en su propia lengua, es importante en las periferias y zonas alejadas.

La Diócesis de Saltillo, con su cultura y tradiciones, me ha enriquecido al conocer las realidades propias del noreste mexicano. La explotación laboral en fábricas y contra mineros del carbón, el abandono y despojo al campo y la violencia generalizada contra la población, nos han forzado a responder desde el trabajo pastoral en la atención a sectores específicos de la población. Dar la importancia y el lugar a cada migrante que llega a la ‘Casa del Migrante’, y escuchar sus historias, nos hace conocer profundamente el fenómeno migratorio, de manera que el servicio que les ofrecemos no basta con hospedaje y alimento, sino con atención psicológica, espiritual, médica y jurídica. La red nacional e internacional, y la lucha en búsqueda de leyes que protejan sus derechos humanos, es la misma vía que se sigue con familiares de personas desaparecidas, donde la justicia y la eliminación de la impunidad es necesaria y urgente para la comunidad entera, no sólo para las víctimas. Los procesos de evangelización y el impulso al desarrollo surgen cuando nos integramos unas/os con otras/os.

Las comunidades rurales, campesinas, indígenas o de la periferia de los estados de México, Guerrero, Chiapas y Coahuila, entre las que he tenido la oportunidad de vivir y compartir lo que tengo y lo que soy, me han permitido darme cuenta de lo que las parábolas de Jesús nos transmiten. Con estas comunidades he aprendido la humildad del Evangelio, que aprecia las semillas pequeñas, asegurándonos que un día no lejano vamos a comprobar que son grandes árboles. He aprendido sobre todo la fortaleza y el tesón de los más pequeños, que siempre acaban por encontrar salidas novedosas para las dificultades más grandes: mucha gente pequeña, en muchos lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas... pero transformando el mundo...

Que no sea trillado el amor, y que no se lo devore el tiempo; que trabajando por las cosas simples, con la gente sencilla, en lugares chicos, siendo «fieles en lo pequeño», y constantes, tenaces, estemos seguros de que nos acercamos cada día, cada minuto, a la realización de la Gran Utopía de Jesús de Nazaret, la suma de las Grandes Causas del Amor.

 

Fray Raúl Vera López, OP

Obispo de Saltillo, CL, México