Por qué hay tanta desigualdad en AMérica Latina

Por qué hay tanta desigualdad en América Latina

Juan Luis Hernández Avendaño


El signo de nuestro tiempo es la desigualdad a escala mundial. Cuanto más avanza el siglo XXI más nos parecemos a los inicios del siglo XIX, una plutocracia sostenida por una mayoría empobrecida. Pero en América Latina somos los campeones de la desigualdad. En nuestra región la distancia de ingresos entre el quintil más rico y el quintil más pobre es 14’5 veces; en África Subsahariana es 9’1; en Asia Oriental y Pacífico 7’7; Oriente Medio y Norte de África 6’4 y Sur de Asia 6’1.

La desigualdad restringe las opciones de las personas para tener una vida digna y erosiona el tejido social. Cuanto más se globaliza neoliberalmente el planeta, más personas entran en una zona de vulnerabilidad y precariedad frente a crisis financieras, desastres naturales, riesgos sanitarios, violencia expandida. La desigualdad es el resultado de un Estado ausente, débil o fallido, que ha perdido el horizonte de su ser, es decir, cuidar y alentar los bienes públicos y se ha convertido en rehén de los grupos que concentran la riqueza y empobrecen aún más a quienes tienen poco.

En América Latina el club de los millonarios que se cuentan con los dedos de las manos, ingresa 28 veces más que el sector social más pobre, lo que representa una desigualdad un 150% mayor que la que se da en África, lo que hace de nuestra región el lugar donde los ricos son más ricos y los pobres son más pobres.

Es decir, el 10% de los hogares más ricos concentra en promedio un 34’1% de los ingresos totales. Para mirar la desigualdad hay que apreciar la concentración de la riqueza en la cúspide de las clases sociales y los datos para nuestra región en 2010 eran los siguientes: Uruguay y Venezuela eran los países con menos concentración de la riqueza mientras Brasil, Chile, Honduras y República Dominicana tenían la mayor.

Ahora bien, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) para el período 2008-2012, los países que habían incrementado su desigualdad eran Costa Rica, Paraguay y Panamá, mientras que los países que habían logrado disminuirla significativamente fueron Uruguay, Bolivia y El Salvador. Eso quiere decir que América Latina está presentando muchas heterogeneidades: algunos países avanzan en disminuir su pobreza y desigualdad (Uruguay), otros disminuyen su pobreza pero aumentan su desigualdad (Brasil), pero hay quienes no han disminuido su pobreza ni su desigualdad (México).

Sin embargo, si observamos el índice de desarrollo humano 2014 publicado por la ONU en cuanto a las distintas variables de la desigualdad (ingresos, salud, educación, esperanza de vida) los países de mayor a menor desigualdad en América Latina son: Haití, Nicaragua, Honduras, Guatemala, El Salvador, Bolivia, Paraguay, República Dominicana, Ecuador, Colombia, Belice, Perú, Brasil, México, Costa Rica, Panamá, Uruguay, Argentina, Cuba y Chile.

Como se aprecia, algunos países han hecho de las políticas públicas un motor para la distribución de la riqueza, otros han invertido en infraestructuras, algunos más en mejores políticas fiscales o en políticas educativas. Sin embargo, revisando los distintos análisis con variables diferentes, nuestra región a pesar de todos sus esfuerzos, sigue siendo el lugar más injusto para vivir.

¿Por qué somos tan desiguales? Thomas Piketty, economista francés, después de una investigación sobre la concentración de la riqueza en Estados Unidos y Europa en los últimos doscientos años, ha propuesto que la desigualdad se explica por dos motivos: las herencias de los más ricos en su patrimonio y los beneficios del capital (intereses, renta, dividendos) por encima de las tasas de crecimiento de los países. En pocas palabras, como ya dijera Isócrates en su discurso Sobre la paz (356 a.C): «precisamente el pueblo se convierte en el sostenedor de la oligarquía».

La traducción para América Latina es que las principales razones de la desigualdad son la propiedad de la tierra en manos de terratenientes históricos y caciques inamovibles, leyes fiscales que favorecen a los ricos con impuestos gravosos al resto de la sociedad, sobre todo en el impuesto al consumo.

Otro motivo clave de la desigualdad es la brecha salarial entre los altos ejecutivos de las empresas y los trabajadores de base, entre los sueldos de los políticos y altas burocracias gubernamentales y los trabajadores de los niveles más básicos. La tendencia en nuestros países está siendo castigar el salario para producir los productos más baratos para el mercado.

Otro abanico de factores tendrá que ver con las desigualdades educativas, el papel de las tras y multinacionales y sus proyectos extractivos en nuestros países, los partidos políticos en manos de mafias de todo tipo y la representación política secuestrada.

La desigualdad en América Latina está provocando que también seamos la región más violenta del mundo (27’5 homicidios por cada 100 mil habitantes). La concentración de la riqueza en pocas familias latinoamericanas ayuda a la concentración de medios de comunicación que fácilmente manipulan la realidad y estimulan en la sociedad apatía ciudadana y poca preocupación por la vida pública.

Si pudiéramos ofrecer una imagen pedagógica que sintetizara el fenómeno de la desigualdad en nuestra querida Latinoamérica, sería la de un rico que en lugar de compartir su túnica (teniendo muchas) con quien no la tiene, se queda con las túnicas de los pobres (que sólo tienen una cada uno), gracias a las reglas del juego de la política, del fisco, de los sueldos y salarios. Por eso la política ocupa un papel muy importante para aumentar o disminuir la desigualdad.

Pero también nuestra región ha mostrado en los últimos 20 años una dinámica de crecimiento económico: varios países lograron disminuir su desigualdad y otros fueron más exitosos en disminuir su porcentaje de población en pobreza o vulnerabilidad. Estos resultados heterogéneos nos permitirían apuntar cinco luchas para enfrentar la desigualdad con entusiasmo, creatividad, conocimiento y política ciudadana:

1. Disminuir las brechas salariales. Midamos la distancia entre los salarios de los que más y de los que menos ganan, tanto en el sector privado como público y social. Tipifiquemos esa brecha: ¿la distancia es de 30, 40 ó 50 veces el salario? Presionemos en el campo legislativo, laboral, mediático para crear políticas e incentivos que disminuyan esa brecha. Hagamos del salario una lucha social y política que tiene que estar en nuestras agendas nacionales. Apoyémonos con otros actores para visibilizar la importancia de que exista y sea una realidad lo que señala la Organización Internacional del Trabajo: «un salario digno». Socialicemos la importancia de aumentar los salarios mínimos y de cerrar esas brechas salariales, sinónimo de ignominia social.

2. Distribuir los recursos con el consumo. Todos consumimos, incluidos los más pobres. Aún más, si observamos los patrones de consumo de los pobres observaremos que compran bienes y productos de grandes empresas tanto nacionales como globales en detrimento de las pequeñas o medianas empresas, que son las que verdaderamente crean empleos. Se ha comprobado que el alentar y fortalecer los mercados internos, ya sea por el consumo justo o la economía solidaria, apoya la generación de más y mejores empleos. El consumo, aun sin caer en esa pulsión contemporánea de comprar cosas que en realidad nos son innecesarias, se ha vuelto una buena herramienta para redistribuir la riqueza, ya sea reduciéndolo, modificándolo, o relanzándolo con criterios de ciudadanía, consumiendo responsable, ética y sosteniblemente.

3. Ampliar los espacios educativos. Todos los estudios afirman que la educación que genera habilidades y valores para con los otros, es clave para disminuir la desigualdad. Hagamos lo posible para que los niños, jóvenes, mujeres y adultos de nuestra región tengan algún tipo de educación, formal o informal, que les permita entender nuestro mundo para nombrarlo, explicarlo y transformarlo. Ensanchemos las pedagogías de aprendizaje situado que permitan aprender con y para la vida.

4. Ejercer ciudadanía. La desigualdad es el resultado del poder de los pocos sobre la debilidad de los muchos. Y la fortaleza de los pueblos y las sociedades está en la conciencia para cambiar o no, nuestro alrededor. Ejercer ciudadanía es resistir, organizarse y luchar contra el abuso de poder, la kakistocracia (gobierno de los peores), los malos salarios y el secuestro de la representación política. La desigualdad se combate con ciudadanía y articulación de los pueblos.

5. Una espiritualidad de contemplación en la acción. América Latina desigual, violenta… ¿cristiana? Cristianos pero desiguales. Mucha religión pero poco compromiso con el otro. Tenemos el desafío de hacer que el seguimiento de Jesús implique imperativos categóricos por los otros, sobre todo por los más débiles, excluidos y empobrecidos. Eso significa construir parroquias y catequesis situadas, que respondan a sus realidades. Significa una fe que se expresa en obras, una espiritualidad que se encarna en la historia. Un cristianismo de la praxis.

 

Juan Luis Hernández Avendaño

Universidad Iberoamericana de Puebla, México