Observatorio cultural de género

Observatorio cultural de género

María Ángeles Cabré Barcelona


Allá por 2013 me dio por pensar que crear un Observatorio Cultural de Género (OCG), por modesto que fuera, no era una idea descabellada sino todo lo contrario, sobre todo porque era necesario. El OCG va ahora ya por su quinto año de ejercicio.

Llevo ya bastantes años trabajando en el sector cultural, en el sector literario. Pero soy una gran aficionada a otros sectores, como las artes plásticas, las artes escénicas y el cine. De manera que, sin quererlo, he ido construyendo en mi interior una imagen global de cómo se articula en mi país la cultura. Y a esa imagen siempre le ha faltado una pieza: nosotras. La escasez de mujeres, ya sea como creadoras culturales, como intermediarias o en los puestos de responsabilidad, me ha preocupado siempre.

EL OCG tiene dos objetivos principales. Por un lado, retratar esta realidad cultural tan poco igualitaria en materia de género en el ámbito de Cataluña. Lo hace realizando cada año un informe acerca de un sector cultural concreto y siempre en colaboración con una asociación o similar que pertenezca a él. Así, hasta la fecha, hemos puesto la lupa en el periodismo de opinión, el cine, los premios literarios y los centros de arte. Calculadora en mano, hemos demostrado en todos estos campos la infrarrepresentación femenina, y esas cifras siempre vergonzosas nos han llevado a aparecer en los medios como portadoras de malas noticias: sí, a las mujeres no se las está dejando participar en igualdad en la cultura. Poner datos a esta realidad es muy útil para despertar conciencias.

Por otro lado, el OCG tiene también la misión de generar contenidos que pongan en valor el trabajo cultural de las mujeres, y para ello organiza actividades, tanto en Cataluña como en otros lugares del Estado Español: debates, ciclos de conferencias, celebraciones... Incluso impulsó y coordina un premio periodístico destinado a premiar trabajos que traten sobre el empoderamiento de las mujeres. Su tarea incluye asimismo atender a consultas, responder entrevistas, agitar las redes sociales y, en general, interrelacionar y movilizar. La comunicación es esencial para que las acciones de las personas y las agrupaciones que defienden un futuro compartido entre hombres y mujeres sean efectivas.

Hace tiempo que vivimos sumidos en una gran falsedad: el espejismo de la igualdad. Nos quieren hacer creer que ya hemos llegado a ese estado ideal, pero no es cierto. Lo explica con palabras claras Nuria Varela en su libro Cansadas. Una reacción feminista frente a la nueva misoginia: «Estamos viviendo una supuesta igualdad basada en el utilitarismo de las mujeres, no en la defensa de nuestros derechos». O lo que viene a ser lo mismo, nos han vendido que si podemos ser escritoras, abogadas o bomberas ya hemos llegado a nuestro máximo umbral de deseo. Nos lo repiten desde las políticas públicas, desde el pensamiento patriarcal y desde la publicidad, aunque no estamos ciegas y vemos perfectamente que más allá de ese umbral tope que se nos ha marcado, ellos son mucho más de lo que a nosotras nos dejan ser.

La realidad innegable es que, en los países democráticos, las últimas décadas nos han traído leyes a favor de la igualdad y que gracias a ellas vivimos todos y todas mucho mejor. La otra cara de la moneda es, sin embargo, que el precio a pagar por esos avances legales ha sido alto. Sin que nadie lo haya siquiera mencionado, incluye abdicar de la lucha feminista. Alegando que ya no es necesaria, nos invitan amablemente a dejarla de lado. Varela lo explica también diáfanamente: «se comenzó a hacer políticas de igualdad sin feminismo y sin feministas».

La certeza de que ese engaño, ese espejismo, se rompía en cuanto se acercaba la lupa al campo cultural, me llevó a pensar que focalizar la pelea en ese terreno podía contribuir a revelar la trampa. Han puesto muchos medios en la tarea de desdibujar nuestras metas, y ofrecernos a cambio una mejor posición en la perenne desigualdad, no ha sido mala estrategia. Pero nos sirve si podemos ser plenamente lo que queremos ser, no si tenemos que conformarnos con ser lo que quieren que seamos. Nuestro horizonte de expectativas es otro e incluye ocupar los espacios simbólicos de la cultura, que son la llave de tantas cosas, incluida la violencia de género.

 

María Ángeles Cabré Barcelona,
Cataluña, España