Historia de la democracia

HISTORIA DE LA DEMOCRACIA

Alfredo GONÇALVES


Según Norberto Bobbio, tres tradiciones confluyen en la teoría contemporánea de la democracia: la de la teoría clásica, la romano-medieval y la republicana moderna. Resumiremos algunas de las ideas principales de cada una de ellas, siguiendo de cerca la historia de la filosofía política.

Tradición de la teoría clásica

Se fundamenta en el pensamiento político de Aristóteles, con su distinción entre los tres tipos de gobierno: monarquía, democracia y aristocracia. En la base de la filosofía política clásica se encuentra la ciudad-Estado, en la que lo equivalente de la «ciudad» corresponde al moderno «país», con su Estado. En la tradición de Sócrates, Platón y Aristóteles, «la forma más perfecta de sociedad es la polis» -de donde viene la palabra política-. Ésta, en términos generales, designa la manera más correcta de organizar la polis, en vistas al bien común. Las decisiones sobre el gobierno de la polis, en la antigua Grecia, estaban limitadas a los ciudadanos libres y, entre éstos, a los sabios y filósofos. Quedaban excluidos los esclavos y las mujeres. Quizá por eso Aristóteles no duda en escoger la aristocracia como el mejor de los gobiernos.

Tradición romano-medieval

La tradición romano-medieval se desenvuelve en doble aspecto: descendente, cuando el soberano distribuye y delega poderes a sus súbditos; y ascendente, cuando éstos conquistan espacio creciente en las decisiones políticas. Cicerón, San Agustín, Santo Tomás de Aquino y Marsilio de Padua, son los exponentes de esta tradición. La ley y el derecho natural dan consistencia al pensamiento romano y medieval. La justicia y el bien común son horizontes a ser alcanzados.

En la república romana, mientras Cicerón insiste en el cultivo de la virtud entre los ciudadanos, san Agustín subraya que «la justicia es la piedra fundamental de la sociedad civil», oponiendo la ciudad de Dios a la ciudad terrestre, o sea, el bien divino al mal humano. La tarea de Santo Tomás, por su parte, será fundir la tradición filosófica clásica, especialmente el pensamiento de Aristóteles, con el pensamiento judaico-cristiano, o sea, la Biblia con la filosofía griega. Según él, «en caso de conflicto entre el bien común y el bien particular, el primero toma precedencia natural sobre el segundo». La obra de Marsilio de Padua trata particularmente de la «enfermedad de su época», concluyendo que «cualquier régimen es mejor que la anarquía». Siguiendo a Santo Tomás, procura también conciliar el principio de Aristóteles con la enseñanza cristiana. Con el desarrollo de la tradición romano-medieval, la soberanía popular permanece subordinada a los sabios, a los doctores y, sobre todo, a los sacerdotes –lo que viene a ser otra especie de aristocracia o, más exactamente, a una teocracia-.

Tradición republicana moderna

La tradición republicana moderna es hermana gemela del Estado Moderno. La distinción entre monarquía y república, como dos formas opuestas e inconciliables de gobierno, se va haciendo cada vez más nítida. Maquiavelo, Hobbes, Descartes y Spinoza dan consistencia teórica a esta tradición, que llegará a predominar durante los siglos XVI, XVII y XVIII, hasta la Independencia de Estados Unidos y la Revolución Francesa. Este largo período representa la emergencia del sujeto emancipado, del individuo libre de la tutela religiosa, del ciudadano moderno libre e independiente. La ciencia experimental predomina sobre los misterios del mundo medieval, el mundo se «desencanta», según la expresión de Weber. Nuevos inventos permiten nuevas tecnologías y aceleran el progreso técnico. En sentido amplio, se pasa del teocentrismo al antropocentrismo, en el que la razón humana es la referencia última del saber y del poder. Éste, que antes emanaba de Dios, ahora debe ser constituido y legitimado por los propios seres humanos. La subjetividad y la individualidad ganan fuerza a partir del renacimiento italiano y del iluminismo, desarrollando la llamada cultura humanista. No es ya la sangre, el linaje o la cuna, lo que determina el lugar de la persona en la jerarquía social, sino el dinero, que teóricamente iguala a todos.

Paralela a la evolución del comercio, al descubrimiento de nuevas tierras, al progreso de la industria y de la economía como un todo, se verifica una verdadera revolución del pensamiento científico y filosófico. La obra política de Maquiavelo trata de «provocar un resurgimiento de la antigua república romana; lejos de ser un innovador radical, Maquiavelo prefiere las repúblicas a las monarquías, sean éstas tiránicas o no. Siguiendo el realismo de Maquiavelo, Hobbes denuncia el estado de guerra de todos contra todos, bajo el cual nadie está seguro. De ahí su defensa de la fidelidad estricta a los contratos como base de la justicia. Para él, la propia república es la nueva persona legal, el soberano absoluto. Define la asamblea como una persona. El temor y la seguridad de cada uno llevan a obedecer a las leyes, al estatuto civil de esa persona legal. Ya para Descartes, el fundador de la filosofía moderna, la generosidad es la llave de todas las virtudes. Establece la política de la razón ilustrada, donde la ciencia debe estar al servicio de la justicia y del bien común universal.

Spinoza es el primer filósofo que escribe una defensa sistemática de la democracia. Según él, los intereses de la filosofía y de la democracia coinciden. Dice que la relación entre la religión y la política no es sólo un mero accidente de la historia, sino que brota de la naturaleza misma del ser humano. En sus obras principales (Tratado teológico-político y Ética) insiste en que el régimen racional democrático debe equilibrar los poderes de la fuerza y de la inteligencia para conservar ambas. Acentúa la importancia de las instituciones democráticas, afirmando que el Estado debe subordinar la individualidad al bien común. Hace recordar la noción de «función social de la propiedad», tan querida a la Doctrina Social de la Iglesia. En resumen, Spinoza rechaza categóricamente la monarquía en favor de la democracia. A pesar de eso, la democracia camina a pasos lentos, prevaleciendo durante el período los Estados absolutistas monárquicos. Éstos, gradual y progresivamente, se van constituyendo y sobreponiendo al poder descentralizado del universo feudal. Nación y nacionalismo son conceptos que van adquiriendo consistencia histórica.

Democracia, liberalismo y socialismo

Con la Declaración de la Independencia de Estados Unidos (1976) y la Revolución Francesa (1789), por un lado, y con la Revolución Industrial y el advenimiento del socialismo, por otro, la democracia entra en una nueva fase. En los dos lados del Atlántico, con el crecimiento acelerado de la producción y de la productividad del trabajo asalariado, crece igualmente la conciencia de la ciudadanía y de la participación popular. Allá y acá, los ideales de «igualdad, fraternidad y libertad» y los principios federalistas ganan terreno a grandes pasos.

En el pensamiento de Tocqueville «la democracia consiste en el igualamiento de las condiciones». «Democrática es la sociedad en la que no subsisten distinciones de órdenes o clases; en la que todos los individuos que componen la colectividad son socialmente iguales». El concepto de igualdad social significa, para él, «la inexistencia de diferencias hereditarias de condiciones». Encontramos aquí la definición de democracia de Montesquieu y de otros autores clásicos, según la cual «el conjunto del cuerpo social es soberano, porque la participación de todos en la elección de los gobernantes y en el ejercicio de la autoridad es la expresión lógica de una democracia, o sea, de una sociedad igualitaria».

Contraponiéndose al idealismo de Hegel, su maestro, Marx desenmascara el poder del Estado moderno como «el organismo inventado por los pocos opresores para mantener el orden sobre los muchos oprimidos». Para él, «el Estado corona el poder inhumano que reina sobre toda la vida social, lo consolida y lo consagra». En su pensamiento, especialmente en la crítica a la economía capitalista, propone el socialismo como una nueva base para la democracia efectiva. El capitalismo, según él, cuanto más se realiza y se aproxima a su apogeo, más se destruye a sí mismo y acelera su caída. A partir del Manifiesto Comunista, escrito conjuntamente por Marx y Engels en 1848, crece la organización de los trabajadores, sobre todo como clase, tanto en el combate a las condiciones de explotación cuanto en la puesta de los cimientos para un nuevo orden social. La fórmula de Marx -«de cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades»- es una especie de lema para la transformación de la vida humana bajo los principios del socialismo»

En el transcurso de los siglos XIX y XX, sin embargo, la democracia se debatirá entre dos universos opuestos, como dividida entre el laissez faire del modelo liberal y el socialismo de la economía planificada. Además de eso, las aspiraciones democráticas tendrán que convivir con los imperios colonialistas, con los totalitarismos de derecha y de izquierda, con el holocausto y varias formas de genocidios, con dos grandes guerras mundiales y con centenares de conflictos dispersos por casi todo el planeta.

En la línea inaugurada por la teoría marxista, continúa con vehemencia la crítica al Estado: «La prosperidad de un Estado no reside en el aumento de su fuerza física. El deseo de tener más y más es tan desastroso en la vida del Estado como en la vida del individuo. Si el Estado cede a ese deseo, comienza ahí su final. Los aumentos territoriales, la superioridad sobre los pueblos vecinos, el avance en poder militar y económico, todo eso no puede evitar su ruina; por el contrario, la acelera. La salvación del Estado no puede ser garantizada por medio de la prosperidad material ni por el mantenimiento de ciertas leyes institucionales. Las constituciones y las leyes no tienen realmente fuerza coercitiva si no son la expresión de leyes previamente introyectadas en el espíritu de los ciudadanos. Sin ese soporte moral, la propia fuerza de un Estado se vuelve un peligro para él.

 

Alfredo GONÇALVES

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