Hacia un periodismo de intermediación

Hacia un periodismo de intermediación

Política y medios de comunicación

José Ignacio López Vigil


En los años 70, las radios populares latinoamericanas se propusieron -y lo lograron- devolver la voz a un pueblo secularmente silenciado. Muchas emisoras, a lo largo y ancho del continente, llevaron los micrófonos hasta los sitios más remotos para que la gente común hablara, expresara sus problemas y frustraciones, sus alegrías también. Este esfuerzo resultó altamente educativo en el sentido socrático del término, el de hacer nacer ideas a través de palabras. Nuestros ancestros se hicieron hombres y mujeres gracias al lenguaje. Hablando nos hicimos humanos. Y hablando en público nos hacemos ciudadanos.

No fueron estas radios «voz de los sin voz», porque el pueblo no es mudo. Hicieron una devolución de la palabra secuestrada, robada desde hace más de 500 años, a través de programas de alta participación: entrevistas, sociodramas, debates, protestas y propuestas.

La recuperación de la palabra por el pueblo sigue siendo un objetivo y una metodología de toda emisora con sensibilidad social. Pero hay que recuperar algo más decisivo, el poder. No construiremos democracia participativa mientras la ciudadanía no tenga más y más control sobre las instancias públicas que le deberían estar subordinadas, pero que no le rinden cuentas, ni siquiera se dejan evaluar por ella.

¿A dónde apelará un ciudadano si en un hospital público no le prestan la debida atención? ¿En dónde protestará si los servidores públicos están coludidos con los infractores privados? ¿En qué espacio denunciará si la justicia no le hace justicia? Los medios de comunicación masiva se han convertido hoy en espacios privilegiados de negociación y resolución de conflictos. La radio, la televisión, la prensa, las revistas, son medios y son mediaciones.

Así las cosas, muchas emisoras están poniendo en práctica un quinto periodismo -que no excluye los otros cuatro conocidos, información, opinión, interpretación e investigación-, un periodismo que canaliza las denuncias de la ciudadanía y facilita la solución de los casos planteados. Le llamamos periodismo de intermediación.

Tradicionalmente, las radios latinoamericanas se caracterizaron por su utilidad. Los servicios sociales eran los programas de máxima sintonía, especialmente en las zonas campesinas. Allí, la radio hacía las veces de correo, telégrafo y teléfono. Que la mula se perdió. Que Josefina parió un varoncito. Que lleven los sacos de café a la otra vereda. Que los rezos por el abuelito serán mañana al mediodía. Este noticiero familiar se volvía más imprescindible en situaciones de emergencia o desastres naturales.

Con menos zonas de silencio en la región, los servicios sociales han ido pasando a un segundo plano. Sin embargo, la complejidad de la vida citadina revela nuevas y más variadas necesidades. La mayoría de la gente pasa el día esquivando, o tratando de esquivar, las innumerables violaciones -grandes, medianas y pequeñas- de sus Derechos Humanos. Para esto sirve el periodismo de intermediación.

¿De qué se trata? En las emisoras, populares y comerciales, siempre ha habido gente que viene y protesta. A través de cartas y líneas abiertas, las radios latinoamericanas han sido, además de correos y teléfonos públicos, bocinas para alzar la voz contra los abusos del poder y hasta buzones de desahogo para llorar sobre la leche derramada. Pero, ¿y después? No basta la denuncia si no se interpela a las autoridades responsables. Y no basta la interpelación si no se da seguimiento a los casos denunciados -con la eficaz estrategia de la viuda del Evangelio- hasta que se resuelvan.

La intermediación se suele definir como una negociación asistida. En este sentido, requiere de un elemento neutral para ayudar a que las partes involucradas en un conflicto alcancen un arreglo por consenso.

No es exactamente éste el sentido de lo que planteamos, porque nosotros no somos neutrales. Cerramos filas con la ciudadanía, nos alineamos claramente a favor de los Derechos Humanos. No somos jueces, desde luego, no nos corresponde dictar sentencia. Tampoco somos Estado ni pretendemos suplantar el mandato de los servidores públicos.

Somos periodistas. Como tales, facilitamos los micrófonos (o las cámaras o el papel) para que el reclamo de la ciudadanía llegue a donde debe llegar. Hacemos oír la voz de la gente ante las instancias responsables cuando éstas se han mostrado irresponsables. Y si la gente no puede hablar directamente, prestamos nuestra voz para que las autoridades escuchen, para hacer valer la denuncia y encontrar una solución justa. Somos pontífices, en el sentido exacto de la palabra, relacionamos las dos orillas. Y también cruzamos el puente, junto al pueblo que avanza.

Si en nuestros países la justicia tuviera vendados los ojos, tal vez la radio pudiera taparse la boca y no meterse a intermediar. Pero ése es el problema, que las instancias públicas son frágiles, que la corrupción crece más rápido que la mala hierba, y que muchos ciudadanos y ciudadanas, aunque constitucionalmente tengan garantizados sus derechos, en la vida cotidiana no saben a quién recurrir cuando se los conculcan.

Ahora bien, si peligroso sería intentar suplantar las funciones del Estado, se corre un peligro similar erosionando la responsabilidad ciudadana y promoviendo una especie de paternalismo radiofónico.

Al Estado rogando y con el mazo dando. Porque no es cuestión de disfrutar mis derechos (ciudadanía pasiva) sino también de asumir mis responsabilidades (ciudadanía activa). ¿Exijo una ciudad limpia? Debo pagar mis impuestos. ¿Quiero vivir en un barrio seguro? Me organizo con los vecinos para cuidarlo. La regla de oro del cristianismo es válida para la ética ciudadana: hagan a los demás lo que quieran recibir de ellos.

Así pues, el periodismo de intermediación no busca suplantar la responsabilidad del Estado ni tampoco de la ciudadanía. Al contrario, intenta urgir ambas.

Tampoco el periodismo de intermediación se conforma con ayudar a resolver un caso particular, ni siquiera veinte casos. Las soluciones individuales tienen un gran valor, no cabe duda, tanto para los beneficiarios directos como para quienes escuchan los resultados a través de la emisora. Pero multiplicaremos la eficacia si presionamos para transformar esos procesos de resolución de conflictos en políticas públicas que impidan que se repitan. Si el problema es de muchos, la solución tiene que pensarse a más largo plazo.

Muchas radios locales están experimentando este género periodístico porque han descubierto en él la posibilidad de enfrentar la competencia de las grandes cadenas. ¿Cuál es la ventaja comparativa de una radio local? Exactamente, el hecho de ser local. Por serlo, está tan cerca de los baches de la esquina como los mismos vecinos. Puede denunciar con conocimiento de causa, estar mejor ubicada que cualquier otro medio para ayudar a resolver los mil y un problemas de la vida cotidiana de su audiencia.

La concepción de una radio ciudadana -este concepto gana terreno sobre otros anteriores como educativa, popular o comunitaria- permite pensar globalmente. El ejercicio del periodismo de intermediación lleva a actuar localmente. Y de eso se trata, de una estrategia glocal.

El periodismo de intermediación sirve también para denunciar los abusos del poder mediático. Los medios de comunicación se han erigido como guardianes de las libertades y derechos civiles, como un contrapoder que fiscaliza y critica a los demás poderes del Estado. Los periodistas, vigilantes de la sociedad, están atentos a cualquier violación de los Derechos Humanos, especialmente las cometidas contra la libertad de expresión. ¿Y quién vigila a los vigilantes? ¿Quién controla a los controladores? Los programas de intermediación social van de la mano con la iniciativa de los observatorios de medios, de ese quinto poder del que nos habla Ignacio Ramonet.

Podríamos mencionar muchos ejemplos de emisoras que han echado a andar por la senda del periodismo de intermediación y ocupan excelentes posiciones en el rating de su ciudad o localidad. Como «defensorías ciudadanas al aire libre», estas radios aumentan su audiencia e, incluso, mejoran sus ingresos publicitarios. Pero -y esto es lo más importante- ganan credibilidad y se ubican en el corazón de sus audiencias.

Resulta evidente que este tipo de periodismo es riesgoso. Trae problemas, exige meterse donde las papas queman. Diríamos que es «políticamente incorrecto». Pero medios de comunicación así, audaces y proféticos, son los que necesitamos para acompañar la nueva ciudadanía latinoamericana que se está gestando en la Patria Grande que soñó Bolívar.

 

José Ignacio López Vigil

radialistas.net

Lima, Perú