El nombre y la identidad de América Latina

El nombre y la identidad de América Latina

Arturo Uslar Pietri


El nombre forma parte de la identidad. Lo sabían los lógicos, lo saben los taxonomistas, lo experimentan diariamente los escritores. Lo que no tiene nombre es como si no tuviera ser. En muchos sentidos, nombrar es crear. La carencia de un nombre único, definido y satisfactorio no es ajena al viejo problema de la identidad de eso que llamamos la América Hispana.

En los primeros tiempos del «descubrimiento» se llamó al Nuevo Continente «las Indias». Para más precisión, pero no menor equívoco, «las Indias occidentales». Más tarde se supo que no era Asia, pero los habitantes siguieron cubiertos con el nombre impropio de indios.

Cada región de la geografía americana recibió un nombre propio desde el comienzo. Hubo La Española, la Nueva España, el Perú, Virginia, Nueva Inglaterra… El nombre de América fue el fruto de una inspiración entusiasta por Vespucio de parte del cartógrafo Waldseemuller, y sólo lentamente fue imponiéndose. En España predominó decididamente el nombre de Indias. Se ha hablado de una resistencia española al nombre de América. Las Casas y Oviedo no mencionan otra cosa que «las indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano».

Se dio una curiosa polarización, a la que contribuyó la importancia creciente de Estados Unidos desde su independencia, que consistió en que el nombre de América predominó en los países del norte y vino a aplicarse a la parte septentrional del continente.

En el lenguaje de los hombres de la independencia, el nombre que aparece es el de América. No sólo se llaman americanos, sino que proyectan una visión continental que sume a todos los americanos. Bolívar pudo decir sin vacilar: «nuestra Patria es la América».

Con la independencia de Estados Unidos y su enorme repercusión en todo el mundo, se inicia el incontenible proceso de su apropiación del nombre de «América» y de «americano».

No eran jurídicamente un estado, sino una federación, sin otro nombre genérico que el de América, y por eso resolvieron llamarse Estados Unidos de América, casi sin percatarse de la usurpación que cometían. Allí comienza el equívoco. Ciertamente eran Estados americanos, pero no eran, ni con mucho, los únicos que podían tomar ese nombre. La mayor parte de la población continental estaba en la perdición ibérica. Cuando 34 años más tarde ocurre la independencia de los países que habían formado parte de los imperios español y portugués, adoptan sus viejos nombres provinciales. Tal vez, si se hubiera podido cumplir el iluminado propósito bolivariano de establecer una unión entre todos ellos, se hubiera planteado dramáticamente la difícil cuestión.

Quedó en el norte una nación creciente con el nombre de América y en el resto una veintena de países con nombres locales y distintos. Mientras en el mundo se conocía a los del norte como Americanos, a los del sur se les designaba por el nombre de sus países respectivos.

La inmensa oleada de inmigración que se desbordó sobre Estados Unidos en el siglo XIX hizo de ellos, para los europeos, la única América, y a sus hijos, los solos americanos. El despojo del nombre impuso la necesidad de buscar designaciones diferentes para esa otra América. Todas reflejaban el angustioso problema de identidad, y ninguna fue enteramente satisfactoria. Se le llamó América Española, América Hispana, Iberoamérica, América del Sur, América latina, Indoamérica…

Los del norte nunca tuvieron vacilación en el nombre. Eran, se llamaban y se proclamaban americanos. Los otros tuvieron que buscar calificativos que los distinguieran. Semejante caso no se ha dado en ningún otro ámbito continental. Europeos son todos los de Europa, asiáticos son todos los de Asia y africanos todos los de Africa, sin que a ninguna porción de humanidad de esos continentes se le ocurra o pueda pretender apropiarse del nombre del continente respectivo. Nunca se ha pretendido, con todas las diferencias que existen entre ellos, reservar el nombre de europeos para los nacionales de algunos países, dejando al resto cubiertos con algún cualificativo, como latino-europeos, germano-europeos, anglo-europeos o eslavo-europeos. Todos son europeos con igual titularidad y no necesitan poner calificativo alguno para señalar su situación.

La larga retahíla de nombres para este otro mundo puede señalarse en su secuencia histórica, desde el de indiano o de criollo hasta el de latinoamericano. La variedad de los apelativos implica claramente una duda o una inseguridad sobre la propia personalidad. Cuando un hijo de Estados Unidos dice ser americano expresa una convicción firme y segura de identidad. No es lo mismo cuando a un hombre de esa otra América de cambiante nombre se le pregunta qué es, o se le designa caprichosamente por alguna de las varias designaciones posibles.

No hay nombre enteramente inocente. «Nomen est omen» decían los antiguos. Alguna oscura o impenetrable relación hay entre el nombre y la cosa como lo saben los filósofos de la lingüística, que, en los últimos años, se han esforzado en penetrar el misterio del lenguaje y la indudable correspondencia del nombre con el objeto. No es mero azar capricho nombrar algo sin que se cree o se revele una poderosa relación entre nombre y cosa. No se nombre sin razones ni consecuencias. Todo nombre representa misteriosamente la cosa nombrada. Hoy no podemos aceptar la afirmación de Shakespeare de que bajo otro nombre la rosa tendría el mismo grato aroma; posiblemente tendría la misma apariencia, pero no sería exactamente lo que ha legado a significar la rosa, cosa y nombre.

La vacilación del nombre es parte de la vacilación sobre la identidad que ha caracterizado hasta hoy esa vasta parte del continente americano, y refleja y confirma la dificultad polémica de definir su identidad humana y cultural. Sería atrevido decir si la ausencia de nombre influye en el problema de la identidad o si la duda sobre la identidad se manifiesta en la vacilación sobre el nombre.

Arturo Uslar Pietro


De una vez por todas deberíamos entendernos y hacer que nos entiendan cuando hablamos de «América Latina». Ni era América -ya lo sabemos- ni es sólo ni principalmente «Latina». Pero éste es ya el nombre conocido. Mientras no logre imponerse otro nombre mejor, como algunos sueñan, «América Latina» significa toda Nuestra América, la Patria Grande, nuestro Continente y sus islas. Por otra parte, ha de quedar claro que «América» no significa «esa parte de América que son los Estados Unidos de América del Norte», y que los ciudadanos de Estados Unidos no son «los americanos» sino los «estadounidenses», unos americanos más.

Pedro Casaldáliga