Educación y desarrollo ético-moral

Educación y desarrollo ético-moral

Jordi Pujadas Ribalta


A menudo nos preguntamos si los humanos y la humanidad progresamos ética y moralmente. No hay dudas sobre el desarrollo científico y tecnológico, pero no se ve un paralelismo entre los nuevos inventos y descubrimientos, y la implantación y generalización de una ética y una moral más humana. Todavía están en vigor leyes y costumbres que justifican demasiados actos que hacen daño a otros seres y al entorno.

Pero, ¿qué referentes tenemos para considerar que una persona o un grupo humano está avanzando en un sentido moral? No podemos fiarnos de normas y costumbres concertadas antaño, arbitrarias, o que se basen únicamente en el bien o en el mal desde el propio punto de vista.

La propuesta que Lawrence Kohlberg hizo a mediados del siglo pasado nos puede ayudar: una mirada al desarrollo moral a semejanza de los estadios de desarrollo cognitivo que estableció Jean Piaget. A partir del estudio de dilemas morales, llegó a la conclusión de que los razonamientos que fundamentan los valores y las normas morales de diferentes culturas siguen pautas y estructuras similares, unos esquemas universales. Todas las personas podemos evolucionar, desde esquemas más infantiles y egocéntricos, a otros más maduros y altruistas. Se trataría, pues, de educar para un desarrollo integral.

Estableció tres grandes niveles, cada uno de los cuales contiene dos estadios o etapas. En total seis estadios de madurez creciente y con razonamientos morales diferentes.

I) Nivel Preconvencional: las normas son una realidad externa, que se respetan sólo atendiendo a las consecuencias (premio, castigo), o al poder de quienes las establecen. No se entiende que las normas son convenciones para un buen funcionamiento de la sociedad.

El primer estadio, heteronomía, se caracteriza porque la persona percibe la ley moral sólo como una imposición de los otros, desde fuera. Observando el crecimiento de las personas, en general, se corresponde a los cinco o seis primeros años de vida, cuando el niño o la niña no sabe lo que está bien y lo que está mal, hasta que le paran los pies o le premian. No todo el mundo evoluciona igual y hay personas adultas que se quedan actuando en este estadio. Es el caso de corruptos y delincuentes.

El segundo, individualismo, cuando se asumen las normas si favorecen los propios intereses. En este punto se van descubriendo normas de juego y de convivencia, que se cumplen por egoísmo. Se comprende que si uno no cumple las reglas, no le dejarán jugar. Es el estadio de: «te respeto si me respetas», «haz lo que quieras mientras no me molestes». La «ley del talión» estaría en este nivel.

II) Nivel Convencional: las personas viven identificadas con el grupo; se quiere responder favorablemente a las expectativas que los demás tienen sobre nosotros. Se identifica como bueno o malo lo que la sociedad así lo considera.

El tercero, expectativas interpersonales, se caracteriza por el deseo de agradar, de ser aceptados y queridos: «decido lo que el grupo espera de mí». Hacer lo correcto significa cumplir las expectativas de las personas cercanas. Esto puede llevar a conflictos personales, por vivir expectativas contradictorias. Es el estadio propio de la adolescencia, pero hay personas adultas que se quedan en él. Quieren hacerse querer, pero se dejan llevar por los demás: los valores del grupo, las modas, lo que dicen los medios de comunicación.

El cuarto, normas sociales establecidas, en el que el individuo es leal a las instituciones sociales vigentes; para él, hacer lo correcto es cumplir las normas socialmente establecidas para proporcionar un bien común. Hace el bien y evita el mal, pero no por miedo, ni para gustar a los demás. Se cumplen las normas por responsabilidad. Se tiene conciencia de los intereses generales de la sociedad, y éstos despiertan un compromiso personal. Constituye la edad adulta de la moral. Su única limitación es que se ciñe a su círculo: su trabajo, su familia, sus amigos, su país. Kohlberg considera que es el estadio en el que se encuentra la mayoría de la población en una sociedad democrática madura.

III) Nivel postconvencional: cuando la persona comprende y acepta los principios morales generales que inspiran las normas: los principios racionalmente escogidos pesan más que las normas.

En el quinto, contrato social, la persona supera el círculo local y se abre al mundo. Se reconoce que además de la propia familia, grupo y país, todos los seres humanos tienen el derecho a la vida y la libertad, derechos que están por encima de todas las instituciones sociales o convenciones. Es un reconocimiento con hechos, no sólo con palabras. La apertura al mundo lleva a reconocer la relatividad de normas y valores, pero se asume que las leyes legítimas son sólo aquellas obtenidas por consenso o contrato social. Ahora bien, si una norma es injusta se impone la obligación moral de no aceptarla.

En el sexto, se toma conciencia de que hay principios éticos universales que se deben seguir y tienen prioridad sobre las obligaciones legales e institucionales convencionales. Se actúa de acuerdo con estos principios porque, como ser racional, se ha captado su validez, y uno se siente comprometido a seguirlos. Es el estadio de la ‘regla de oro’ de la moralidad: «hacer al otro lo que quiero para mí». Y se tiene el coraje de enfrentarse a las leyes que atentan a los principios éticos universales. Es el estadio moral más alto, el de Mahatma Gandhi o de Rigoberta Menchú, por poner ejemplos de referencia, y el de todas las personas que viven y han vivido profundamente la moralidad, tanto en la vida pública como en la discreción del anonimato.

La lucha por las Grandes Causas aproxima a los estadios del último nivel, pero también hay que considerar a multitud de personas, conocidas solamente en sus «pequeños» ámbitos familiares y locales, que dan mucho sin buscar nada a cambio.

En diferentes épocas, y en diferentes lugares podemos encontrar personas que han tenido actitudes altamente morales, pero también es verdad que estas actitudes no se han generalizado. Por tanto, debemos aprovechar todos los recursos, incluidas las tecnologías de la comunicación actuales, para compartir conocimiento, reflexionar y educar para la mejora ética de los individuos y sociedades humanos.

Además, hay que reconocer las contradicciones que a menudo pueden darse cuando alguien tiene el dilema entre unas acciones de lucha por las Grandes Causas, y otras de compromiso con la familia, las relaciones personales o la vida cotidiana en el ámbito local. Los niveles más altos de moralidad se dan cuando cualquier lucha empieza y termina teniendo en cuenta las Pequeñas Grandes Causas.

La educación es fundamental para el desarrollo bien orientado hacia la acción ética y moral. Empezando por el ámbito familiar y continuando por la educación formal y la informal, con el apoyo de los medios de comunicación de masas. Actualmente el referente ético con más consenso está recogido en los Derechos Humanos, pero no basta con aceptar su validez; nuestras posiciones individuales, decisiones, compromisos y actuaciones personales y colectivas deben ser coherentes.

Pero, ¿qué metodología utilizar para educar en este sentido?

No descubriremos nada nuevo recordando que en primer lugar son necesarios buenos modelos, pero también es verdad que a menudo no bastan, no los ha habido, o no llegan en el momento necesario. Por esta razón, mientras ayudamos a los alumnos en su desarrollo cognitivo, al mismo tiempo es necesario proporcionarles dilemas morales sobre los que deban reflexionar y expresar las decisiones que tomarían si ellos fueran los protagonistas. Antes deben debatir las causas y consecuencias según diferentes alternativas posibles.

Este proceso (dilema, causas, alternativas posibles, consecuencias de cada una y, finalmente, toma de decisión), se puede aplicar a situaciones cotidianas familiares e informales. En el caso de situaciones de educación formal, se añade una puesta en común, se clarifican los valores en juego, y se finaliza con una simulación donde diferentes alumnos adoptan diferentes roles.

En cuanto a las situaciones de la vida pública y las difundidas a través de medios de comunicación, este planteamiento nos puede servir para un análisis que nos debe llevar a tomar buenas decisiones como ciudadanos, consumidores o electores.

 

Jordi Pujadas Ribalta

Arbúcies, Cataluña, España