Desigualdad y Liberación

Desigualdad y Liberación

Función crítica de la filosofía en una América Latina tan desigual

Gustavo Yela


Escribo desde Guatemala, y siento toda la piel de América Latina en mi reflexión. Soy profesor de filosofía, y quiero hacerme cargo del papel crítico que la filosofía –y todos los profesores y maestros que la enseñamos– tenemos en Nuestra América, tristemente célebre en la actualidad por ser el continente más desigual. Los maestros y enseñantes de filosofía –y de las demás ciencias– tenemos mucho que decir y que hacer.

Guatemala se encuentra entre los 15 países más desiguales del mundo. Es el primer país de Latinoamérica con mayores niveles de desnutrición crónica de niños menores de 5 años (50%), con la mayor cantidad de pobres crónicos de América Latina (50%). El 77’9% de los trabajadores no está afiliado al Seguro Social ni tiene oportunidad de las prestaciones laborales correspondientes. El progreso no es de todos: el desarrollo de unos tiene como base el subdesarrollo del resto.

El mercado y la publicidad nos presentan un mundo de ensueño y felicidad, mientras en las calles cada vez pululan más pobres. Los discursos de políticos y empresarios nos pintan una realidad, pero los hechos desdicen esas palabras. Se exponen planteamientos académicos brillantes en el mundo de los intelectuales, que no se traducen en praxis liberadoras.

Se dan muchas manifestaciones religiosas pero poca atención al ser humano. Muchas palabras y pocos hechos. Grandes proyectos y pocas realizaciones. Gran riqueza y mucha pobreza. Pocos con todo, y muchos sin nada. Tantas teorías educativas interesantes y actuales, y sin embargo mucho analfabetismo y prácticas educativas memoristas y acríticas.

La educación en nuestro contexto guatemalteco, más que motor del desarrollo y agente de cambio social es mantenedora de una sociedad desigual, porque separa a los profesionales preparados de los que van a ser su «mano de obra».

El Estado, al descuidar la educación pública, favorece una educación privatizada y de élite; así contribuye a que se tenga como resultado una clase dominante y una clase dominada; es cuando la educación se convierte en instrumento de dominio de unos sobre otros. Necesitamos aprender a leer críticamente nuestra realidad, pues nos hemos acostumbrado a vivir como si sufriéramos las consecuencias de un desastre natural. La pobreza de las mayorías se debe, sí, a un desastre, pero provocado por la escandalosa desigualdad económica y social.

La filosofía liberadora de Ignacio Ellacuría

Ignacio Ellacuría nos ayuda a comprender que la filosofía no es sólo una tarea intelectual y académica, sino que conlleva la exigencia de colaborar en la liberación de los pueblos oprimidos. Ellacuría muestra que hay una profunda conexión entre la búsqueda de la verdad filosófica y la búsqueda de una realidad social más auténtica. Nos alienta para que descubramos toda la capacidad liberadora que posee la filosofía, nos da elementos para desenmascarar la realidad social en que vivimos, y además, también nos propone un proyecto de liberación para incidir en el cambio de las estructuras sociales. Todas las ciencias y campos del saber pueden ajustar sus conocimientos a favor de una perspectiva liberadora.

Dice Ellacuría que es necesaria una opción para elegir desde dónde primariamente se hace filosofía. Puede ser desde la perspectiva científica, o desde la experiencia interior, o bien desde la praxis histórica total. El filósofo que ha elegido filosofar primariamente desde la praxis histórica lo hace de una manera más situada y contextualizada, y por tanto, sus reflexiones y criterios son un valioso aporte para la vida real y concreta de los pueblos.

La filosofía tiene una función desideologizadora, lo cual es importante en la sociedad actual porque, según Ellacuría «…las clases dominantes intentan sustituir la verdad de la realidad por toda una superestructura ideológica que impide a las clases dominadas darse cuenta de las relaciones reales. La ideología es un sustitutivo de la realidad, cuya finalidad es la de enmascarar la realidad».

La verdad social, política, económica, es también parte vital de la verdad total. ¿Cómo puede el filósofo omitir o ignorar esa porción de verdad social, que es crucial para llegar a unas conclusiones más auténticas? Asimismo, ¿de qué le sirve la verdad especulativa, abstracta y conceptualista a un ser humano al que le han impuesto condiciones miserables de vida, sin acceso a la salud, la educación, la alimentación...?

Ante realidades inhumanas tan dramáticas, la filosofía no puede quedarse encerrada en discusiones escolásticas y contemplativas. A propósito dice Enrique Dussel: «…ante la destrucción ecológica de la vida… ante el hambre y la miseria de la mayoría de la humanidad… parecería ingenuo y hasta ridículo, irresponsable y cómplice, irrelevante y cínico, el proyecto de tantas escuelas filosóficas… encerradas en la “torre de marfil” del academicismo estéril eurocéntrico».

La función crítica de la filosofía nos ayuda a desenmascarar la ideología dominante y nos da instrumentos analíticos para desenmascarar las argucias en el ordenamiento económico, político, social, etc. La ideología del sistema dominante es encubridora de la verdadera realidad social. Los argumentos falaces de los dominadores tienen apariencia de verdad y apelan a grandes principios abstractos con los cuales se encubren y se esconden los verdaderos intereses mezquinos y maquiavélicos.

Ellacuría sugiere un análisis crítico de las coyunturas sociales. Dice que la ideologización conlleva una interpretación de la realidad, la cual se presenta como la verdad única y absoluta, porque obedece a determinados intereses de las élites poderosas y se impone una única visión de la realidad, que es totalizadora, interpretativa y justificadora, debajo de la cual se enmascaran elementos falsos, se dan situaciones de injusticia, se callan cosas, se desvían observaciones, se deforman hechos... pero como se maneja una única visión de la realidad, no se cuestiona y se la sigue tomando como la teoría verdadera.

La filosofía podrá liberar si logra entroncarse con una praxis social liberadora. No puede el filósofo solo, desde su teoría o aporte filosófico, por muy valioso que sea, lograr una liberación social; es necesario tomar en cuenta las fuerzas sociales y el proceso de liberación. Según Ellacuría «las ideas solas no cambian las estructuras sociales; tienen que ser fuerzas sociales las que contrarresten en un proceso de liberación lo que otras fuerzas sociales han establecido en un proceso de opresión».

Ya no necesitamos una filosofía en la que predomine el aspecto cognoscitivo contemplativo, sino el aspecto cognoscitivo operativo, porque son las cosas, la vida, las luchas sociales, el esfuerzo por construir una sociedad más consciente, etc., lo que demandan las mayorías necesitadas de nuestros pueblos, y ése es el intento de la «filosofía liberadora», el plantear criterios y caminos alternativos. Los pueblos latinoamericanos, especialmente los pueblos más pobres, necesitamos de una filosofía encarnada en nuestra realidad, porque aquí nos hace falta construir mucho, especialmente una sociedad más equitativa. Una filosofía que no se abaje a nuestra realidad y que permanezca alejada de los problemas humanos concretos, ya no nos dice nada.

Toca, pues, a los pueblos sumidos en extrema pobreza, como el caso de Guatemala, filosofar en situación de indigencia. Incluso esa situación de pobreza es el motor que puede generar análisis desideologizantes, cambio de posturas mentales conservadoras y de ciertas resistencias del corazón, para luchar por un desarrollo con orientación social. Toca a los pueblos oprimidos no conformarse con una dogmática establecida y «hacerse cargo» de la realidad.

Es de reconocer que existen muchos temas muy interesantes que se pueden abordar en el campo filosófico, pero nuestras condiciones de hambre y de miseria demandan herramientas y criterios adecuados para trabajar por un mundo más digno, más habitable, más equitativo. Es por eso que ante la escandalosa desigualdad y la experiencia del «mal común», se hace necesario conocer y practicar la «función liberadora de la filosofía», y pasar de la ética tradicional a la ética del compromiso y de la solidaridad, que nos acerquen más a vivir el bien común.

Se puede lanzar la hipótesis de que los actores sociales que mantienen secuestrado el sistema con sus intereses particulares actúan así porque, entre otras carencias, no han recibido desde la filosofía aportes que les muevan a colaborar con la humanización, antes bien, al contrario, han confirmado su visión eurocéntrica y conceptualista de la realidad.

Es decir, que la intelectualidad encargada de formar a la población, especialmente a los líderes sociales, no ha sabido sembrar la semilla de la justicia social, no ha sabido cambiar la levadura; de ahí la urgencia de un planteamiento crítico y liberador de la filosofía y de las demás ciencias para luchar por un nuevo orden social.

 

Gustavo Yela

Profesor de filosofía en la Universidad de San Carlos de Guatemala