500º aniversario de la llegada de Bartolomé De Las Casas

Bartolomé de las Casas llega a América
15 de abril de 1502: quinientos años
 

Eduardo FRADES


América fue “descubierta” por Castilla, gracias al tesón visionario de Colón, el día 12 de octubre del año 1492. Colón nunca supo que había descubierto un nuevo continente; pensaba haber dado con “Cipango” y esperaba encontrarse con el “Gran Khan”, es decir, la India, la China y el Japón. Bartolomé de las Casas, que ya de niño fue a ver los indios y los extraños pájaros que Colón expuso en su Sevilla natal ; y que llegó a tener uno de ellos como esclavo, regalado por su padre, que acompañó a don Cristóbal en su segundo viaje de 1493, arribó a la isla llamada “La Española” el año 1502. Viajó en uno de los 32 navíos, junto con otros 2.500 españoles que acompañaron al comendador de Lares, de la orden de Alcántara, Nicolás de Ovando, nombrado por los Reyes Católicos gobernador de la isla, desde la corte establecida en la recién conquistada ciudad de Granada.

Nos cuenta que partieron el día 13 de febrero, que era el primer domingo de cuaresma de ese año 1502. Entre los viajeros se hallaban varios nobles caballeros, como el licenciado don Alonso Maldonado, y el capitán general don Antonio de Torres, hermano del “ama” del príncipe heredero don Juan, hijo de los reyes católicos Fernando e Isabel. También viajaron entonces los primeros 12 franciscanos, dirigidos por fray Alonso de Espinal, “varón religioso y persona venerable” . La flota, que había perdido una de sus naves apenas saliendo de Canarias, adquirió otra y zarpó dividida en dos partes, de 16 naos cada una; la mitad llegó al puerto de Santo Domingo el día 15 de abril, mientras la otra mitad abordó unos doce o quince días después. Era ya tiempo pascual y el joven sevillano Bartolomé se encontró con esa primavera permanente del Caribe insular. Con los “indios” americanos no se encontrará de veras hasta el año 1514.

Las Casas parece que era ya entonces clérigo menor, de apenas 17 ó 18 años, pues había nacido en Sevilla por el año 1484 muy probablemente; ciertamente conocía el latín. La ciudad de Santo Domingo, sede de gobierno durante años de esa isla Española que fue “llave de todas las Indias, y las Indias es el Mundo” , como la llamó más tarde en carta al rey Felipe II del año 1559, era entonces una pequeña “villa” . Entre los recuerdos que nos contará él mismo más tarde, dice que los españoles asentados allí estaban alegres porque se había descubierto recientemente mucho oro y porque algunos indios se habían “alzado”, pues así justificarán sus guerras y consiguiente esclavitud y “repartimiento” de los indios. Esas son las “buenas nuevas” que les dan los residentes a los recién llegados; y que entonces apenas entiende Las Casas; o que incluso aprueba en algún grado, puesto que buscará también él mismo ese oro y recibirá indios en encomienda bien pronto.

El oro abundante encontrado había dado un caso extraordinario: un grano de oro de 35 libras, por valor de unos 3.600 pesos de oro . Pero notemos que el oro y la plata americanos, no sólo enriquecieron rápidamente a Europa (dadas las enormes deudas de Carlos V y Felipe II con los banqueros europeos) sino que provocaron una inflación y una devaluación desconocidas hasta entonces en la España de Carlos V y Felipe II. Nuestro autor comenta, sin duda desde los años 1552 en adelante, que los 200.000 (pesos) castellanos de entonces “más eran y más se estimaban... que ahora se estiman y precisan dos millones, y aún en verdad más se hacía y proveía y sustentaba, en paz o en guerra, en aquellos tiempos con 200.000 castellanos, que ahora con todas las millonadas” . Todavía añade, con juego de palabras, que está bien llamarle “millo-nadas” porque son “casi nada” . ¿Qué no diría Las Casas frente a tanta moneda de nuestras patrias americanas, devaluada una y otra vez o mantenida en paridad artificial con el dólar, cuando los sueldos son de miseria en porcentajes cada vez mayores de nuestra población?

Pero sobre todo, el futuro defensor de los “opresos indios” que escribe estas memorias por 1552, al menos en su redacción actual, no deja de señalar la trágica calificación de “buena nueva”, de “evangelio” para los “cristianos” españoles, el hecho de que puedan hacer guerra y cautivar a los indios, para venderlos por esclavos a España. “Por manera que daban por buenas nuevas y materia de alegría estar indios alzados, para poderles hacer guerra, y por consiguiente, cautivar indios para los enviar a vender a Castilla por esclavos” . No puede menos de hacer memoria crítica de esa deformación del fin último de toda la empresa americana, tal como la acabó viendo y promoviendo este campeón de la causa indígena, que era la causa del pobre y de la víctima en ese momento histórico. En vez de anunciarles, de palabra y con hechos, el verdadero Evangelio, acaban haciendo “buena nueva” del mayor anti-evangelio para los indios .

Ese fue también antes el plan de su admirado Almirante Cristóbal Colón, cuando ve que no aparece todo ese oro y riquezas que pensaba encontrar en las Indias. Pero será también el de su respetado gobernador, Nicolás de Ovando, “varón prudentísimo y digno de gobernar mucha gente, pero no indios...”, porque acabó siendo el inventor de los “repartimientos” y futuras “encomiendas” de indios a los españoles, que fue prácticamente una esclavitud. Por más que fuera un hombre de “gran autoridad, amigo de justicia... honestísimo en su persona, de codicia y avaricia muy gran enemigo, y no pareció faltarle humildad, que es esmalte de las virtudes” , no valía para gobernar a los indios, puesto que no los trató como iguales a los castellanos, aunque fueran sólo vasallos del reino de Castilla. Pero el fallo principal, a juicio del fray Bartolomé que escribe casi cincuenta años después, es que no cumplió el fin primordial de toda esta empresa y la justificación última de la misma con la famosa “donación papal”: la evangelización de las Indias.

Las Casas piensa que la reina Isabel la Católica tenía muy clara esa finalidad primera y primordial; por eso le había encargado a Nicolás de Ovando de que “todos los indiosvecinos y moradores de estas islas fuesen libres y no sujetos a servidumbre... que viviesen como vasallos libres, gobernados y conservados en justicia, como lo eran los vasallos del reino de Castilla”, además de que “diese orden cómo en nuestra santa fe católica fueran instruidos” . Años más tarde entenderá que fallar en esto fue lo más nefasto, porque se trata de un “error acerca del fin”: no el oro ni el poder, sino la evangelización de los indios es lo que justificaba el “derecho” de los españoles a pisar tierra americana y seguir en ella. Pero los indios entendieron bien pronto que el verdadero motivo de los recién venidos era precisamente el oro, la “auri sacra fames”, que podría traducirse “la endiablada sed del oro”, o el culto a Mammón . Algunos años después, con fuerte apoyo de don Bartolomé Colón, hermano del almirante, viaja a Roma, donde parece que fue ordenado sacerdote hacia el año 1507; pero pronto retorna a La Española, donde será el primer misacantano de América, allá por 1510, teniendo a don Diego Colón, hijo de don Cristóbal nombrado gobernador de las Indias, y a su esposa doña María de Toledo, sobrina del duque de Alba, como padrinos del acontecimiento .

Pronto pasará a la isla recién “poblada o por mejor decir “despoblada” de Cuba, como capellán de Diego Velásquez; allí llegará a tener su propia encomienda de indios, junto con el piadoso laico Pedro de Rentería, amigo de los franciscanos y sobre todo discípulo de aquel gran hombre de Dios que fue el venerable confesor de Isabel la Católica, monje jerónimo y luego arzobispo de Granada, fray Hernando de Talavera; de orígenes judíos y erasmista de talante, fue propulsor de un trato humano con los moros y moriscos del recién conquistado reino granadino. Les decía “dadnos, hermanos, de vuestras obras y tomad de nuestra fe”, usando un lenguaje tan llano “que algunos decían que departía y no predicaba” . Su gran apertura ecuménica y su cristianismo, abierto y acogedor como el Evangelio, suscitarán las iras de los inquisidores como Diego de Deza, segundo Inquisidor General (1500-1507), y el fanático y cruel Diego R. Lucero . Bartolomé conversaría todo el proceso colonial y el suyo interno con este buen amigo Pedro, lector del Nuevo Testamento, y cercano a la solución franciscana de educar a los niños, que logren escapar a la muerte, como futuros cristianos. Pero antes ha sido testigo impotente de la muerte por hambre de siete mil de esos mismos niños indios en unos tres meses: “Las criaturas nacidas, chiquitas perecían, porque las madres, con el trabajo y hambre, no tenían leche en las tetas” . Le impresionó tanto esto que lo narra hasta cinco veces en sus obras .

Nos cuenta que antes, en los primeros años de gobierno de Diego Colón, un cacique llamado Hatuey, escapado a la isla de Cuba amenazada de invasión (aunque lo llamen “poblamiento”), muestra a sus hermanos un canasto lleno de oro, propone bailarle sus ritos sacros como a un dios, pues los cristianos lo tienen por tal, para que él les diga que no les hagan mal; y luego les pide arrojarlo al río, para que no los busquen a ellos para quitárselo y adorarlo. “No guardemos a este Señor de los cristianos en ninguna parte, porque, aunque lo tengamos en las tripas, nos lo han de sacar” . Años más tarde, enterado ya del caso mucho más cruel de Pizarro con Atahualpa, comenta que los españoles son tales “que si los demonios tuvieran oro, los acometerán para robárselo” . Este acabó siendo, si no el único fin último, al menos uno de los primordiales para los españoles emigrados y también para quienes los mandaban y utilizaban desde la metrópoli. No se equivocaba el cacique dominicano; incluso se adelantaba a señalar la causa última que motivó el famoso grito de fray Antón Montesino. Este era uno de los cuatro dominicos que llegaron a América en 1510, liderados por fray Pedro de Córdoba, a quien llama “santo varón” y “siervo de Dios” y del que se creía que “salió de esta vida tan limpio como su madre lo parió” .

Las Casas sabe muy bien que el dios Dinero es un ídolo, y por eso necesita alimentarse de víctimas humanas. Para extraer el oro, la plata, las perlas o lo que sea, los españoles no dudarán en explotar a los indios. Se han vuelto mero instrumento al servicio de su culto idolátrico; y, al fin, “instrumento muerto”, víctimas. No es que en directo deseen su muerte; lo que desean es ser ricos “y abundar en oro, que es su fin, con trabajo y sudor de los afligidos y angustiados indios, usando de ellos como de medios e instrumentos muertos; a lo cual se sigue, de necesidad, la muerte de todos ellos” . Por eso el texto que motivará finalmente su “conversión a los indios” , allá por el año 1514, es el de Eclesiástico 34,21: “El que ofrece un sacrificio a costa de la vida de los pobres, es como quien sacrifica a un hijo delante de su padre”. Este texto vendrá citado muchas veces en la amplia obra lascasiana , lo cual indica el enorme peso que tuvo la reflexión profética y sapiencial y toda la Palabra de Dios en su valoración y práctica cristianas. Desde esa fecha, y sobre todo desde su entrada en la vida religiosa dominicana, la vida y obra entera de fray Bartolomé de Las Casas estuvo dedicada a la causa indígena; a la defensa, primero de la vida, luego de su libertad y dignidad, para desembocar en la lucha por sus enteros derechos políticos de pueblos libres y capaces de realizar una nueva sociedad y una nueva iglesia, más cercanas al Evangelio que las viejas cristiandades.

Pero, sin duda, el primer paso hacia esa conversión tiene bastante que ver con ese famoso “grito de la Española”, lanzado por Antón Montesino, en nombre de toda la comunidad dominica, presidida por el venerable fray Pedro de Córdoba. Corría el año 1511, y estaban en el cuarto domingo de adviento, que fue 21 de diciembre. A propósito del “ego vox clamantis in deserto” (“yo soy la voz del que clama en el desierto”) de Juan 1,23 que se leía ese día, el predicador de la verdad, pura y dura como el amor a los pobres y las víctimas, espeta estas preguntas a sus oyentes españoles: “Todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes! Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios?... ¿Estos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos?¿Esto no entendéis?¿Esto no sentís?¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos?” .

Ese grito debe seguir sonando en América Latina y en el mundo entero, pues existe ese tercer y cuarto mundo, esos submundos de los explotados o, peor aún, de los excluidos de la vida. Nos tocará actualizarlo, gritarlo ante oídos que no querrán escucharlo y ante ojos que no quieren ver la realidad del sufrimiento de millones de hombres; que dan cualquier rodeo para no acercarse a los heridos al borde del camino; que no quieren saber de la sangre de sus hermanos, aunque sean sus caínes de cuello blanco y manos limpias. Habrá que terminar con esa “Deuda Externa” que importa capital de los países pobres hacia el mundo rico, a costa del hambre y la muerte de millones de personas, débiles y niños especialmente. Para entender esto, hay que sentirlo, y hay que despertar del “sueño letárgico” de la globalización triunfante, con un primer mundo y hasta una España que “va bien” y un “final de la historia”, porque se acabaron todas las utopías para los que ya creen haber alcanzado su meta . Una meta inhumana, por inhumanizante y deshumanizadora.

Habrá que despertar también hoy de este “sueño letárgico”, de esta pesadilla mundial donde, con todas las posibilidades de saciar por primera vez el hambre de todos, priva la mala fe y mala voluntad de no quererlo hacer, sino acrecentarla. Habrá que volver a soñar con la utopía de un dominio del ser humano sobre el mundo, para hacerlo casa de todos y no “ciudad sanguinaria”; de una humanidad solidaria, donde conviva el “homo homini frater” y no “lupus” (“el hombre es un hermano/lobo para el hombre”). Si Montesino hizo la pregunta fundamental de ese momento histórico ¿Estos, no son hombres?, Las Casas dio, al frente de los mejores misioneros y junto con ellos, la mejor de las respuestas: “Indi fratres nostri sunt” (los indios son nuestros hermanos); por ser imágenes del mismo Dios-Padre creador y todos redimidos por el mismo Hijo y Hermano Mayor. Esta frase la escribió nuestro autor el año 1550 en respuesta a la actitud del doctor Juan Ginés de Sepúlveda, sacerdote cordobés, humanista famoso y hasta cronista imperial; pero que era el portavoz de los intereses de los conquistadores y encomenderos, y de sus apoyos metropolitanos en la corte; que pensaba que los indios eran tan distantes de los castellanos, como la mujer del varón (¡¿?!) y aún como el mono del hombre. La actitud de desprecio, insolidaridad y hasta exclusión y muerte de unos seres humanos por otros no es una cosa del pasado colonial, sino que sigue viva en nuestro mundo globalizado.

Habrá que convertirse a los indios de ayer y de hoy; a los oprimidos y explotados, a los despreciados y marginados, a los “excluidos” del sistema de producción y consumo de la globalización neoliberal imperante. Habrá que volver a plantear esta utopía de la fraternidad humana en las nuevas cortes y foros del imperio globalizado del capital internacional o mejor, apátrida e insolidario. Habrá que volver a unir “todas las manos, todas” para hacer una Patria Grande más unida, por encima de la retórica y del mero interés comercial; y sabernos todos los humanos hijos de una Misma Tierra, una Madre Gaya común y vulnerable, que nos haga de veras sentirnos y vivir como una sola familia humana. Habrá que volver a reconstruir esa gran familia de hermanos, todos bendecidos en Adán y en Abrahán, y sobre todo en Cristo, donde ya no hay “judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni varón ni mujer” (Ga 3,28; ver aún 1Co 12,13 y Col 3,11).

Eduardo FRADES

Caracas, Venezuela